Querida Ana, tengo una emoción en mi interior y quiero (necesito) sacarla para sentirme más ligero y poder cargar esas otras cosas que tengo sobre mí. Es por eso que te escribo después de tanto tiempo.
Mucho de lo que hacemos en nuestro camino duele, pero eso no siempre nos impide avanzar.
Hoy vi a unos maratonistas desde muy temprano, y por voluntad propia, enfrentarse al asfalto, al frío, al viento, la sed y sí, al dolor. Al correr hacemos que nuestro cuerpo trabaje de manera fuera de lo común, segregamos ácido láctico, quemamos glucosa, nuestra capacidad pulmonar se pone a prueba, nuestro cuerpo intenta ser lo más eficiente posible para trabajar y mantenernos de pie, pero todo ese esfuerzo nos cansa, nos debilita y el dolor crece en intensidad con cada paso. Este proceso lo vive tanto el primer puesto de la maratón como quien llega en el último lugar.
No quiero romantizar sentir dolor, es solo una consecuencia natural que aparece y aparecerá muchas veces en nuestro camino. A veces duele dejar un trabajo en el que te iba bien por uno mejor, vivir en otro país por un proyecto a largo plazo puede doler en el momento que extrañas a tu familia y amigos, incluso bailar horas y horas puede dejarte con los pies muy adoloridos.
El dolor siempre es una sensación desagradable, pero a veces ese cambio de trabajo te trae un crecimiento profesional y unas metas que no sabías que eras capaz de cumplir, vivir fuera te llena mucho por dentro, te hace más fuerte y abre tu mundo y tu corazón a nuevas personas y experiencias que quizá cerca a tu casa no podías alcanzar y el dolor de tus pies es lo último que recuerdas después de vivir una gran noche de baile.
El dolor también ha estado en los momentos más felices de nuestras vidas.
Escribo esto con un poco de dolor también, recordando las veces que me ha dolido mucho crecer, salir, decir sí y decir no. El dolor nubla nuestra perspectiva y, lamentablemente, nos es difícil recordar que no siempre estará ahí, que es tan inevitable como pasajero.
El amor duele también. Mucho.
Pero no por eso dejamos de amar una vez y otra vez, no siempre en la misma forma, no siempre con la misma intensidad porque es imposible que sea así. No podemos amar igual porque nunca somos la misma persona, porque cambiamos, porque nuestro contexto cambia. Lo que no suele cambiar es esa decisión racional que tomamos para volver a emocionarnos con esa tormenta que es el amor, esa montaña rusa, ese laberinto y ese mar que puede ser el amor, siempre volvemos a amar.
El amor duele cuando hay miedo, cuando hay una pelea, cuando hay rechazo, cuando las expectativas no son cubiertas, cuando una conversación nos trae información que no queríamos escuchar, amar duele cuando extrañas, cuando tienes que despedirte de quien te alegró la tarde, la noche, el día, hay un poco de dolor cuando ves que esa persona está triste, seas o no tú el responsable de su tristeza. Sentimos un micro dolor cuando no llega ese mensaje de respuesta en su chat, pero se acaba mágicamente cuando te dicen “hola”. El dolor está ahí en muchas formas, así como el amor toma la forma del recipiente en que lo puedes contener. Un abrazo, un mensaje, un gesto de atención, una carta, un audio de WhatsApp preguntándote si llegaste bien a casa, el amor y el dolor son parte de esta maravillosa experiencia y regalo divino que significa vivir.
Pero no me malinterpretes, el dolor es una consecuencia inevitable, no un anhelo, al menos, no debería serlo. Sentirlo es importante, pero no debe ser tan importante en tu vida, no puede ser acumulable, no debe ser apreciado o minimizado. Incluso el mejor maratonista sabe reconocer ese dolor que ha superado sus límites y cuando eso pasa, decide parar, detenerse hacer una pausa y seguir otro día. Es normal que el dolor nos haga difícil avanzar, pero no debería hacernos retroceder.
No tenía planeado escribirte hoy, querida Ana, pero tenía este micro dolor que quería compartir contigo, me he permitido sentirlo y dejarlo en esta nueva carta. Espero no te preocupes por mí, pronto estaré mejor, pronto podré ver bien y en perspectiva qué me enseñará este dolor, por qué está aquí y qué debo hacer. Hoy sé que quiero escribirte.
Sí, el amor duele, pero no tiene nada de malo. Lo malo es evitar amar por temor a que nos duela. Qué desperdicio de vida sería no volver a amar una y otra y otra vez.
Hace mucho que no te escribo, a este punto las disculpas son innecesarias y vacías, pero, como suelo hacerlo, déjame concentrarme en lo positivo de mi ausencia. Este tiempo de vacío sirvió para darle mayor perspectiva a lo que te voy a contar, es que cuando le das tiempo a ciertas cosas puedes apreciarlas, analizarlas y compartirlas con mayor calidad valorativa y con mejores conclusiones. De eso se trata esta carta, de algo que creí haber visto o conocido, pero que en las últimas semanas ha dado un vuelco en mi cabeza y en mi corazón como no creí que pasaría. Déjame que te hable del amor.
Pero, para eso debo contarte de alguien en mi vida de quien nunca te he hablado: Quisifur. Era más que un perrito, era uno de mis mejores amigos de la infancia. A los 7 años, compartí casa con el Quisi, como le decíamos, en verdad era de mi tía Zuly, pero su cariño, juegos y travesuras no tenía fronteras así que se paseaba por toda la casa, por todos los cuartos como dueño de todo lo que tocaba, entre esas cosas, mi corazón.
Quisi no tenía pedigree, no era de raza cara, no era siquiera muy grande, era pequeño, algo ñato, con patas cortas, pero muy veloz, su color negro corría por el pasillo que unía toda la casa a una velocidad increíble. Además, tenía muchos talentos, ladraba de sentir extraños cerca y también era un cazador y es que en mi casa cada cierto tiempo nos visitaban roedores. Yo vivo a una cuadra del río Rímac y estos roedores no son como los que ves en la tele o películas, eran animales acostumbrados a arriesgar su vida en la ciudad por un poco de comida, agresivos y muy, muy grandes. Pero no tan grandes como la valentía de Quisi que los olfateaba y les daba caza, a veces los ahuyentaba lo suficiente para no volver a saber de ellos en mucho tiempo, a veces los alcanzaba y, bueno, nadie volvía a saber de ellos nunca.
Quisifur fue el perro de la casa, pero también mi amigo. Siempre lo veía en mi camino hacia la puerta principal de la casa, antes de ir al colegio lo saludaba, y al regresar jugaba con él, siempre se alegraba de verme. Cogía una tela y él la mordía por el otro lado y no la soltaba, nunca me mordió, pero ese juego entre nosotros era un clásico. Renegaba un montón, Quisi era muy renegón, pero ninguno cedía, hasta que yo me rendía porque no quería lastimar a Quisi, siempre ganador, me miraba orgulloso, pero luego soltaba el trapo y me lamía la cara, muestra de cariño por el que mi papá siempre me reprendía. Los gérmenes, bacterias, bla bla bla, me decía. Nunca me enfermé por Quisi, todo lo contrario, me dio energía, sonrisas, alegría y eso me hizo mucho bien.
Quisi no solo era un dormilón, juguetón y cazador, también era muy independiente. Debo advertirte, Ana, en este momento mi carta no será nada agradable. Escribo con los ojos brillosos y temblando, ahora sabrás por qué. De vez en cuando, Quisi decidía salir de la casa y pasear por el barrio. Nosotros sabíamos que en algún punto iba a volver, a veces pasaban un par de días y Quisi regresaba rascando la puerta como si nada para que lo dejáramos entrar. Familia, ya vine, parecía decirnos. A veces venía muy cochino, a veces venía herido, prueba de peleas con otros perros. Pero siempre regresaba a casa, conmigo. Siempre.
Una vez viajé con mi familia a Huaral para visitar a mis abuelos. Al regreso, no caí en cuenta de que Quisi no estaba, era de noche, así que fui directamente a mi cuarto. Al día siguiente tampoco lo vi, pero asumí que estaba en una de sus aventuras. Pasaron los días y empecé a sentir la ausencia de Quisifur. Su trapo estaba ahí, pero nadie hablaba de él, nadie preguntaba por él, nadie me dijo nada. Así que yo pregunté.
Le pregunté a mi abuelo por Quisi, papá, hace tiempo que Quisi no viene ¿no? Mi abuelo sorprendido y algo serio y estricto me dijo, ¿no te han dicho? Quisi se ha muerto.
Me quedé callado, ¿qué podría decir? Solo tuve energía para caminar hacia mi cuarto, entrar y decirle a mi familia, como si estuviera dando una noticia que nadie sabe, al menos eso pensé, mamá, el Quisi se ha muerto. Inmediatamente empecé a llorar. Tenía 7 años, pero creo que nunca he llorado tanto en mi vida y cuando recuerdo ese momento lo vuelvo a hacer, incluso cuando te escribo estas palabras, estoy llorando pensando en mi Quisifur. Me eché en la cama y mi cuerpo no daba para otra cosa que no sea llorar, mi dolor era el dolor más grande de todos, no sentía nada más que una presión en mi pecho, una desorientación total. Pensaba en que no volvería a ver a mi perrito, que no volvería a jugar con él, que no sentiría sus caricias y su lengua tocando mi cara. Me dolía todo, lo bueno, lo malo de él, me dolía darme cuenta de que no pude despedirme de él, que solo me fui y lo dejé y no estuve ahí cuando se fue al cielo, perdóname Quisi, te extraño mucho, perdóname por no estar contigo para abrazarte y dejarte ir.
Mi tía Zuly entró a mi cuarto y descubrí que todos sabían, pero nadie podía encontrar las palabras para contarme de la partida de Quisi, mi tía me abrazó me dijo que Quisi estaba descansando y que fuera fuerte, que él me quería mucho y que no debería llorar por él, sino recordarlo con alegría. Pero nada de lo que pudiera oír en ese momento habría podido detener mi corazón roto latiendo muy fuerte. Quisifur se había ido para siempre y no había nada que pudiera hacer. No recuerdo cuánto tiempo lloré, pero vi la noche llegar.
A los 7 años tuve mi primer contacto cercano con la muerte, la pérdida, el dolor de dejar ir a alguien que amé mucho. Tengo 38 y aún la herida me duele, pero te soy sincero Ana, no quiero que se sane. No quiero sentir si quiera que voy a dejar ir a Quisi de mi corazón, lo recuerdo también con alegría, no pienses que solo lloro cuando pienso en él, recuerdo su velocidad y su capacidad para hacer renegar a mi papá, recuerdo que tuve un perrito que me amó tanto como yo y recuerdo que el dolor está ahí para enseñarme, hacerme ver que el corazón puede sentir muchas cosas, algunas agradables, algunas dolorosas, pero con los años he aprendido que no podemos prohibirnos sentir, vivir es una colección de emociones nuevas, de experiencias irrepetibles, de momentos y personas que te traen lecciones y son la prueba de que has vivido bien.
Sé que esta carta iniciaba con la promesa de hablar del amor y creo haberlo hecho. Mi perrito Quisifur era la personificación de un amor infantil, sincero, auténtico, irrepetible, recíproco, incondicional y ahora infinito. Durante el tiempo que Quisi no está conmigo, he sentido muchas formas de amor, he pensado y tenido la certeza de sentir amor, de darlo y recibirlo, he visto en ese tiempo también que estuve equivocado cuando creí que era amor lo que sentí alguna que otra vez. Vi que el amor tiene etapas, que madura con el tiempo, aprendí que el amor termina, pero que no desaparece, sino que se transforma, dejé que el amor me hiciera daño y lo usé de excusa para lastimar también. Sentí el amor de una pareja, de mis padres, mis abuelos, mis amigos, gente que no merecía que le dé amor y gente a la que le debo mucho amor, pero que seguro lo recibieron de alguien más. Así es el amor, no tiene una sola forma, un estado, toma la forma del recipiente en el que está, como el agua, como el aire, como la sangre.
El amor es una emoción, pero también aprendí que podemos racionalizarla y decidir cuándo sentirla. Sí, muchas veces solo aparece, como una buena noticia que no te esperas, como si en el universo existiera la aleatoriedad, (no es así, todos pertenecemos a una gran sucesión, pero de eso hablaremos en otra carta), como encontrarse dinero en el pantalón, pero sea como sea, para sentir al amor en su totalidad, hay que tomar la decisión de dejarlo entrar. Una vez dentro, se puede quedar quieto o se puede mover hacia muchos lados, hacia arriba, hacia abajo, se te puede ir de las manos, es un ente que creemos que podremos controlar, pero en verdad nunca lo hacemos. El amor es contradicción, calma, fuerza, incertidumbre y certeza. Es maravilloso y grandioso, ingente, enorme, no es exageración decir que Dios es amor. Porque cuando de verdad sientes amor, tienes en un espacio tan pequeño como tu pecho, el poder que une muchas cosas en el universo.
Perdona si me excedí en frases cursis, trilladas y clichés, es lo que he visto del amor en mis 38 años, pero, en este punto quiero hablarte del verdadero motivo de esta carta.
Hace unas semanas, todo lo que creía del amor volvió a dar un vuelco, mis percepciones y certezas sobre una emoción que creí vivir en todas sus formas se puso patas arriba. La razón, un pequeño ser de 4 patas. Mi madre recibió un regalo al que llamamos Charqui, un cachorro que una vez que entró a la casa, se adueñó de ella, de mis padres, del espacio, de nuestras horas de sueño y de nuestros corazones y solo tuvo que acariciarnos, lamernos, alegrarse y mover el cuerpo de un lado a otro al vernos. 38 años después, estoy sintiendo un amor como nunca antes había sentido, pero no solo en mi pecho, sino proveniente del rostro de Charqui, es increíble, Ana, cuando Charqui nos ve llegar o salir del cuarto al despertar, su emoción es inmensa, no entra en su pequeño cuerpo la alegría de volver a saber de nosotros, de vernos, olernos y sentirnos. No, no sé nada del amor. Pero eso no es necesariamente malo.
Así es, me alegra mucho la presencia de Charqui, no por la alegría que ha insertado en nuestras vidas y su amor, sino porque precisamente me ha enseñado algo nuevo, me ha recordado que la vida es un camino sin final, sin meta, sin examen, solo es un camino lleno de experiencias a las que debemos abrir la puerta para dejarlas pasar y que nos cambien para bien o para mal. Le abrimos la puerta a Charqui y la experiencia en estas semanas ha sido impresionante y muy conmovedora.
No, Charqui no es Quisifur, nunca lo reemplazará, quizá nunca pueda curar la herida que significa el recuerdo de la pérdida de Quisi, pero esa no es su labor. Charqui es otra vida, es otra experiencia y será otra historia. No quiero nunca olvidar a Quisi, no quiero que mi dolor se vaya. Pero ese dolor no dejará nunca que dé todo lo que pueda dar para amar a Charqui como él se lo merece. Durante los 30 años que pasaron desde Quisi, no volvimos a tener perro ni gato. Yo nunca pude conectarme realmente con otro animal, debo admitir que siempre tenía en mi corazón el dolor de Quisi y lo usé como excusa para no abrir mi pecho hacia patitas, hocicos o bigotes, supongo que dejé que el dolor me utilizara o yo lo utilicé para no dejarme sentir, no lo sé. Solo sé que ahora la tristeza del recuerdo no será una barrera, esa herida no se ha curado, sé que estará ahí esperándome para volver a bajonearme, pero ahora yo decido cuándo ir o no a ese dolor.
Charqui no es Quisifur y el amor que siento por ellos es distinto, no es comparable, en ningún sentido. Son amores en distintos momentos distintos de mi vida, con mil experiencias vividas entre uno y otro. Aún lloro y sonrío por Quisi y lo haré siempre, pero también sonrío mucho y soy muy feliz con Charqui y lo haré siempre. Sé que es un perro que en algún momento me dejará, quizá nunca esté listo para dejarlo ir. Pero eso no depende de mí y si no depende de mí ¿para qué agobiarme? Cuando en cambio puedo usar mi energía para jugar con Charqui, darle su comida, limpiar su suciedad, abrazarlo, tomarle fotos, pasear y muchas experiencias que están por venir y que seguro no tengo ni idea, es una aventura más en mi vida.
Querida Ana, espero haber cubierto, resarcido y justificado mi ausencia, espero que te haya alegrado la noticia del nuevo miembro de mi familia. Titulé esta carta “El amor” y creo que el contenido que te puedo dar, mi aprendizaje, mi conclusión, es que, en verdad, nunca sabré qué es el amor, qué forma tiene, qué me hará sentir, qué tamaño, qué alegrías o qué dolores experimentaré por el amor. Creo que ese es su regalo más bonito y creo que es su principal característica y peculiaridad, el amor es indescriptible, intangible y, sin embargo, sabes exactamente cuando está ahí.
Querida Ana, el mundo está de cabeza, o quizá solo se está re acomodando como suele hacerlo de vez en cuando. Hoy quisiera contarte de una de las experiencias que más extraño de ese viejo mundo que nos dejó y que estoy seguro no volverá. Tomar una cerveza en un bar.
Extraño tanto sentarme en la mesa de un bar, pedir una cerveza y dar ese primer y único sorbo, y entiéndase único en el sentido que solo quien se ha dejado llevar por un vaso de cerveza entiende.
Lo único es aquello que no tiene comparación, que no se repite, que no existe en otro lado. Y el primer sorbo de una cerveza es eso (y mucho más), puede haber otros sorbos, puede haber cientos de ocasiones, llegarán otras cervezas, tantas como tu cuerpo lo resista, tantas como el doctor lo apruebe, tanto como el corazón necesite, pero ese primer sorbo helado, el primer contacto con la espuma es un beso suave que nunca más volverá a pasar, porque ese segundo nunca regresa.
Beber una cerveza helada es un regalo que le haces a tu cuerpo, un regalo que te recorre al ritmo justo y necesario. Puedo sonar exagerado, cursi (¿alcohólico?) y cliché, pero no me importa, estoy sobrio y esto es lo más sincero que puedo ser estando sobrio. Denme una cerveza y es probable que pueda expresarme mejor.
Extraño sentarme en un bar, solo o con amigos, y revivir los códigos y rituales sociales que he aprendido luego de tantos litros de cerveza y 9 años como fan de la mejor invención egipcia. Era divertido ver cómo algunos intentaban reafirmar su masculinidad con una bebida que durará solo unas horas en su cuerpo, los que aseguran que nunca se emborrachan, los que creen que se sirve sin espuma, los expertos que inclinan el vaso y te recuerdan lo importante del ritual, porque así demuestran públicamente que están adelante en una ficticia carrera cervecera. Yo los dejo ser, también he sido ellos, también he querido impresionar a alguien con datos, tips, historias que aprendí en mis años viendo marcas de cerveza, en mis visitas a bares, en mis viajes, también he usado a la cerveza como una herramienta de autoestima. Gracias, querida amiga.
Alrededor de una cerveza aprendí que el tiempo también tiene un ritmo único, con intervalos marcados desde que te sirves hasta el momento del último sorbo, un intervalo de tiempo que no siempre es el mismo, depende de muchos factores, cantidad de líquido, evidentemente, pero también, la compañía. Las conversaciones aburridas acaban las cervezas rápidamente, y el único peligro de las buenas conversaciones es que la chela se caliente. Depende también dónde estés, una cerveza de bar no se bebe igual que una cerveza donde además hay baile. Por eso extraño tanto Eka, en una misma noche podía saborear una chela, compartir con alguien, bailar con un vaso en la mano y tomar de pico, sin necesariamente dejar de bailar. Extraño tanto ir a mi bar y pedir una cerveza helada.
No todo es bonito alrededor de una cerveza, pero no me mal interpretes, ella no tiene la culpa de nada, la cerveza no embriaga a las personas, las personas se embriagan solas. Recuerdo mis primeras noches/madrugadas de alcohol, empecé a una edad tardía para el promedio. Mientras mis amigos empezaron a los 15 años, a esa edad yo me levantaba temprano para practicar ciclismo. Recién cuando cumplí los 26 tomé la maravillosa decisión de darle cabida al alcohol en mi vida. Una decisión de la que nunca me arrepentiré, pero que curiosamente trajo consigo algunas sensaciones de arrepentimiento. Y es que cuando viví la experiencia de beber con amigos, de tomar hasta que no sabes bien qué pasa, de beber hasta que todo se ve inocuo, cuando entendí que había dejado pasar tantas experiencias, como embriagarme en la universidad, admito que me sentí muy mal conmigo mismo. Maldita sea, debí beber desde antes, pensé. Felizmente, esa sensación no duró mucho, todo llega en el momento correcto. El alcohol me ha enseñado eso también. Ahora quiero ver esos años de sobriedad como algo positivo, en relación a mis amigos, mi hígado es más joven.
Para mí, la cerveza muchas veces fue un lubricante social. Y es que, aunque puede parecer que me es fácil relacionarme, es más cierto que mi círculo de amigos es cada vez menor. Salvo cuando hay alcohol. Recuerdo que, en el viejo mundo, cada semana conocía personas nuevas. Muchos sábados por la mañana despertaba con una dosis de aceptación social en forma de “XXX aceptó tu solicitud de amistad”. Y esto me lleva a otro gran capítulo de mi vida llamado, la cerveza y las chicas. Y aquí intentaré ser lo más cuidadoso posible para elegir mis palabras. Sería absurdo (y no quiero hacerlo) negar que el alcohol llenó ciertos vacíos, fue un catalizador de intenciones, y fue usado como puente entre un punto A y un “Hola, cómo estás” en B. Con un vaso de cerveza en las manos he pensado y dicho tantas cosas, como…no me iré de aquí hasta hablarle a esa chica. No te preocupes, yo te ayudo, me respondía la cerveza amablemente.
Es curioso cómo a veces luego de un último sorbo de cerveza llega un primer beso. Lo admito, me dejo caer en el abismo de quienes necesitaron alcohol para sentirse más valientes. No me da vergüenza decirlo, bueno, quizá sí, pero es porque estoy sobrio. Y sí, algunas veces (muy pocas), fui por una cerveza y regresé enamorado. He dejado que el alcohol me convenza de decir tantas cosas, a veces por mensajes de WhatsApp, otras en persona, cosas no siempre comprensibles, pero todas muy sinceras, y también he dejado que con la misma velocidad con la que daba sorbos, soltaba confesiones amorosas, y no me arrepiento, todo lo que dije fue en pleno uso de mis facultades emocionales. Pero que tire la primera botella al piso quien no ha tenido besos con sabor a cebada y espuma, que destape una chela caliente quien nunca depositó esperanzas en una botella de cerveza, esperanzas de que la otra persona esté pensando lo mismo, de que el espacio entre ambos desaparezca, de que esa otra persona te diga una de las frases más bonitas que se pueden oír de madrugada…¿te invito una chela? Muchas veces mi corazón ha quedado roto y muchas veces lo he curado con cerveza, y es que beber me ha enseñado que el músculo más fuerte es precisamente el corazón, pueden pisotearlo, romperlo, quebrarlo, lanzarlo a una pared mientras tú observas incrédulo, pero luego, lo recoges, lo limpias un poco y sigues, y luego de una cantidad determinada de alcohol, está ahí, el estúpido, está listo para seguir latiendo y volver a intentarlo.
Pero, si tuviera que elegir qué extraño más de ir a tomar una cerveza a un bar, definitivamente es la incertidumbre. Y no tiene nada que ver con la que vivimos estos meses. Me refiero al traje más hermoso que puede usar la incertidumbre, el no saber qué seguirá al final del vaso que tengo entre manos. Porque a medida que el vaso se hace más ligero, se acercan nuevas cervezas y con ellas, nuevas decisiones que tomar ¿qué sigue? ¿a dónde vamos Cris? ¿a dónde irás? ¿dónde hay otros planes? ¿quién te ha escrito? ¿a quién quieres escribir? ¿a quién le escribes finalmente? ¿Comemos algo? ¿vamos al bar de Tatty? ¿Botika? ¿Sargento? ¿Tizón? O quizá la noche te ha envalentonado lo suficiente para ir al centro ¿Vichama? ¿Kong? Amo la cerveza, pero lo que más amo de ella no entra en una botella o un vaso, siempre que iba a un bar por una cerveza helada, no iba por la cerveza, iba por todas las posibles historias que podría contar al día siguiente, para mí, tomar una cerveza siempre ha sido un micro acto de valentía. La cerveza a mí me sabe a aventura.
Extraño ir a un bar y tomar una cerveza helada, porque cada vez que tomaba una cerveza, dejaba que la vida me tomara a mí.
Querida Ana, sé que hace tiempo no te escribo. Créeme, si te contara lo que pasa con el mundo hoy, entenderías un poco mi ausencia. A manera de intriga, quisiera compartir contigo una reflexión sobre lo que elegimos creer y lo que señalamos como falso. Prometo que pronto te contaré detalladamente lo que nos trajo este 2020, no lo vas a creer…
No es para nada sorprendente que incluso con tantos científicos, doctores, autoridades y gobiernos asegurando que el COVID es una amenaza real, haya miles de personas afirmando que todo se trata de una conspiración, mentira global o manipulación social.
Negacionistas les dicen y no son nada nuevo.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, incluso con videos, fotos, documentos, confesiones y declaraciones, mucha gente negó el holocausto. Aceptaban que sí hubo bajas, como en toda guerra, que sí hubo muertes de civiles, obviamente, pero que era imposible asegurar la existencia de un sistema de aniquilación humana, que los campos de concentración fueron invenciones de los países ganadores, como palanca
propagandística que les permitiría imponer sus intereses económicos y geopolíticos, etc, etc. ¿Sorprendente? Hoy parece serlo, pero quienes dudaban del holocausto no eran (son?) pocos, tenían figuras influyentes y voz en el sistema de participación ciudadana. Brother, hay un libro titulado “Negando el Holocausto”. En 1996 se dio un juicio muy interesante y escandaloso “Irving contra Lipstadt”. No les voy a contar todo el rollo, pero busquen en Netflix la película “Negación” y conocerán más del tema. En resumen, una profesora norteamericana es denunciada por difamación por David Irving, autor del libro que les digo. La profesora Debora Lipstadt aseguró que las conclusiones del libro se sostenían en datos manipulados o interpretados a conveniencia. Entonces, Irving, la denuncia por llamarlo mentiroso. Fue un juicio sobre difamación, pero en el fondo era un juicio donde se jugaba un precedente legal entre negacionistas e historiadores. Algo así como reafirmar o dejar a interpretación la existencia del holocausto. Bajo las leyes británicas, la profesora tenía que demostrar la manipulación de los datos de quien la denunciaba, algo así como demostrar su inocencia. (Ahh ya les dio curiosidad ver la película ¿no? Si quieren que les haga reseñas sobre sus libros u otro tipo de contenido, inbox y les doy precio covid jijiji). El punto es que había gente negando un hecho histórico documentado que duró 6 años y no solo unos meses como la edad que tiene el COVID.
Pero vayamos al presente. Greta Tumberg. La odies, así pienses que maneja un discurso manipulado o estés completamente de acuerdo con ella (no es tan importante en este momento), lo que no puedes negar es lo que representa. Si crees que el COVID existe y que negarlo linda con lo estúpido, pues entonces tienes mucho en común con ella. Y te lo explico antes de que me grites “how dare you!”.
El calentamiento global es una verdad científica. Es una realidad documentada, investigada, visible, perceptible con los sentidos, hay pruebas, datos, ensayos, políticas gubernamentales, tratados desde hace más de dos décadas, wey, anda a Pastoruri, mira el hielo!! Mira el hielo!!!!…o la falta de él. Entonces ¿Por qué suena estúpido negar el COVID y no el calentamiento global? Negar el COVID al menos tiene ventaja, su juventud. Es una realidad con pocos meses de investigación, la misma comunidad científica es prudente en no concluir mucho sobre el bicho ese. ¿Cómo hacerlo? Si es una realidad en desarrollo. La vacuna puede que al final no funcione, puede que la gente vacunada se contagie igual, puede ser que el virus tenga características no identificadas, quizá al aplicarnos la vacuna nos convertimos en esclavos soviéticos!!!!! etc etc etc. Lo que estoy diciendo es que…aunque suene tonto…para negar el COVID tienes mejores argumentos que para negar el calentamiento global.
Ahora, si puedes hacerlo, ponte en los zapatos de personas como Greta Thumberg, de los ambientalistas que durante décadas vienen gritando la frase “emergencia climática”, (¿no te recuerda a “emergencia sanitaria”?), vienen advirtiendo a países, industrias, empresas, comunidades de todo el mundo, que precisamente el planeta entero está en grave peligro. Pero, así como hay quienes niegan el COVID y tú los ves casi casi como si fueran fujiapristas, hay personas que niegan el calentamiento global o afirman que es una exageración con intereses detrás o que de lleno como se ponen en plan…wey, el planeta sigue aquí, cuál calentamiento global, dónde están las inundaciones que dijiste? Dónde está la lluvia ácida? Dónde está la deforestación? Yo no veo nada, el mundo sigue igual y sigo comprando cosas y comprando iphones, no vengas acá con tus discursos anti sistema, pinche alborotador, comunista!!!!
Negar el calentamiento global es tan absurdo como negar el COVID. Está ahí gente, está ahí.
La diferencia es que…exacto, muy bien, te diste cuenta solit@…¿no? ¿A esta altura del texto todavía no ves la diferencia entre el COVID y el calentamiento global? ¡No te preocupes, igual todos vamos a morir!, pero antes, te la digo igual: la diferencia radica en sus negacionistas. ¡¡¡Cha chan!!! Ahhh, ahora no parecen tan ridículos ¿no?
Los negacionistas del COVID, en el momento más crudo de la pandemia, no tuvieron tanto poder como los negacionistas del calentamiento global (brother, me da flojera escribir todo completo, desde ahora lo llamaré CG). La emergencia sanitaria nos afectó tanto que incluso los intereses que mantenían las fechas de las Olimpiadas tuvieron que ceder, incluso los intereses económicos de las empresas aeronáuticas tuvieron que decir, ok ok, cerremos los aeropuertos, ok ok, cerremos el turismo, el consumo, las industrias, las fábricas de autos, los colegios, brother, los colegios!! piénselo. Ni siquiera en la Segunda Guerra mundial se cerraron todos los colegios o las fronteras como en esta ocasión. El mundo se detuvo, a pesar de los negacionistas que hasta hoy escuchamos. Lamentablemente, los negacionistas del CG tienen más poder, más presupuesto, más años de experiencia, más mecánicas de manipulación y de financiación, la realidad que niegan no es tan palpable como ver a una persona en UCI, esa es la diferencia, son negacionistas con poder, los del COVID recién son homo habilis en evolución.
El COVID y el CG tienen mucho en común: amenaza nuestra existencia, es un problema mundial, hay datos científicos que los prueban, de no actuar a tiempo, el daño puede ser irreparable. Pero no has visto que cierren un aeropuerto porque el aumento de temperatura de los océanos o que cierren un colegio por la foto de un oso polar desnutrido hasta los huesos. ¿Por qué debería de dejar de comprar zapatillas solo porque hay más de 30 millones de hectáreas deforestadas en el mundo? Ese no es mi problema, esa no es una emergencia. ¿Por qué debo de dejar de comprarme mi carrito solo porque el 13% de los gases contaminantes los producen precisamente los autos particulares? Ese no es mi roche, cómo voy a ir a trabajar, no sean tontos, no se crean todo lo que dice Greta Thumberg o los loquitos ambientalistas. (¿No les recuerda a…por qué voy a cerrar mi negocio solo por que hay más de 20 mil personas muriendo por COVID?).
Así es amigo, todos somos, hasta cierto punto, negacionistas, todos, al no actuar adecuadamente ante la emergencia mundial más grande de todos los tiempos: el calentamiento global. Estamos o siendo negacionistas o apoyándolos con nuestro estilo de vida y nuestra manera de hacer negocios. Si seguimos comprando cosas que no necesitamos, no somos tan distintos de los que dicen que el COVID es una farsa, si seguimos usando el auto por distancias menores de 5km, no somos tan distintos que los que afirman que las antenas 5G emiten COVID, si crees que el consumo sin consciencia social es la base de nuestra supervivencia, no eres tan distinto de quien no usa mascarilla en la calle y se ríe de los que lo hacen.
Ambas son emergencias mundiales, pero no se están tomando en cuenta como tal. Y si crees que es exagerado detener el mundo de los negocios por el deshielo, una foto de animales manchados con petróleo o una ciudad llena de tráfico contaminante, pues entonces, al menos no seas tan rudo con quienes no usan mascarilla, promueven el uso dióxido de cloro o de plano dicen que el COVID es parte de una gran mentira, no llenes las redes de insultos, críticas iracundas o superioridad. Tienes mucho en común con ellos. Gracias por leer.
Ha pasado mucho desde que te escribí y me han pasado muchas cosas que no podría contarte todo en una sola carta. Quizá debería hacer un plan de misivas mensualmente, pero no sé si eso funcione. Me da miedo obligarme a escribirte. Así que seguiré fiel a lo que me ha motivado siempre para hacerlo: sentir que tengo algo interesante que decir. Quisiera poder darte no solo buenas historias, sino, sobre todo, reflexiones para que las analices y hagas de ellas lo que desees. Esta vez quiero compartir contigo una idea que me invade desde hace unos años, pero que se viene asentando más y más en mi cabeza, y sobre todo en mi corazón: el valor del dinero.
A donde sea que mires, encontrarás objetos valiosos. Si estás leyendo esto desde tu celular, tablet o compu tienes la primera prueba de lo que digo. El valor del objeto que tienes en tu mano en este momento se mide de muchas maneras, puedes decir que es valioso porque es muy costoso, es decir, se necesitó mucho dinero para obtener ese producto. Ese es el valor monetario del objeto. Esto tiene que ver con la función del dinero llamada “unidad de cuenta”. Cuando ves el precio de un celular en una tienda, ese monto te dice cuánto dinero necesitas para adquirirlo, así no es necesario poner en la etiqueta que el celular cuesta como 400 jeans o 500 mochilas, etc. El costo de un celular no es algo personal, puedes decir que lo compras porque es muy moderno y amas la tecnología, pero no por eso necesitarás pagar más que otra persona que por otro lado ve en él estatus social u otra persona que solo ve una herramienta de trabajo. Sea cual fueran las motivaciones para comprar el mismo celular, la tienda mantiene un precio definido por sus intereses comerciales. Es el mismo precio para quien quiera que desee comprarlo. Sí, estos intereses comerciales se definen también sobre emociones humanas, pero son emociones analizadas teniendo en cuenta grandes grupos de personas, no tanto motivaciones individuales.
Pero hay otras maneras de darle valor a tu celular. Un celular es valioso porque para obtener el dinero con el que lo pagaste, tuviste que trabajar varios meses. Y ahí entran muchos factores más y el tema se vuelve más complejo. Entra a tallar el tiempo que usaste de tu vida para obtener ese dinero, el tráfico que soportaste, el estrés, el calor, el cansancio (sobre todo si tu trabajo incluye actividades físicas) y hasta las experiencias que no pudiste realizar, (pero querías) porque estabas ocupado trabajando para obtener ese dinero. Sí querida Ana, los objetos no solo cuestan dinero, también cuestan tiempo, tiempo realizando una actividad determinada, y tiempo que no pudiste usar para realizar otra. La etiqueta de una blusa bien podría decir: esta blusa cuesta 2 semanas recibiendo regaños de tu jefe tóxico, este jean cuesta 5 días peleando en el tren eléctrico, este televisor cuesta que dejes de ir a la playa por 6 meses. Quizá suene deprimente, pero créeme, recién estoy empezando.
Digamos que tu celular cuesta S/ 3000. Otra función del dinero, y creo la más importante, es la de ser un “medio de cambio”, es decir, si tienes S/ 3000 en tu poder, tienes la capacidad de convertirlo en otros bienes o servicios. En este caso un celular. Pero, si nos quedamos en ese tipo de valor, perdemos de vista mucho de lo que realmente está detrás de esa posible transacción. Digamos que tu sueldo es de S/ 3000. Estamos hablando que una sola compra equivale a 30 días de tu vida realizando una misma tarea, sea cual fuera tu trabajo. Ahora, no puedes comprar un celular con todo tu sueldo, porque al mes requieres pagar otras cosas, como comida, transporte, créditos o compras anteriores, etc. Es decir, solo tienes dos opciones, pedir un préstamo o ahorrar una parte de tu sueldo para el futuro. Y ahí entra una tercera función del dinero “el depósito de valor”. Cualquiera que sea tu decisión, el dinero sirve como base de confianza en que en un futuro servirá para poder realizar las transacciones que desees. Así es Ana, (y acercándome al punto de esta carta), el dinero es un contenedor de fe. Sigue leyendo y entenderás por qué lo digo. Si ahorras S/ 500 por mes, confías (tienes fe) en que en 6 meses podrás comprar el celular que tanto quieres. Y si te pides un crédito, confían, tanto el banco como tú, que durante el periodo establecido del crédito, el dinero que pagarás será suficiente para cubrir la deuda, más los intereses, obviamente.
Hasta aquí, te invito a hacer un poco de matemática emocional y pensemos en las siguientes equivalencias:
1 celular = S/ 3000.
S/ 3000 = 30 días de trabajo.
30 días de trabajo = 180 horas en una oficina.
180 horas en una oficina = 180 horas menos (por ejemplo) para ir a la playa.
1 celular = 180 horas menos para sentir la brisa marina en tu rostro.
Ahora, digamos que ahorraste 6 meses para comprar el celular, en ese caso, todo lo anterior se multiplica por 6. Entonces ¿cuál es el valor de ese celular realmente? Puse de ejemplo ir a la playa, pero bien podría decir 180 horas menos para abrazar a tu hijo, 180 horas menos para enamorarte, para practicar tu hobbie, para tener relaciones sexuales, para ver a tus amigos, etc.
Es probable que hasta este punto estés cuestionando varios de mis argumentos, y ese es uno de mis objetivos cada vez que te escribo. Que uses lo que digo para que crear tu propia manera de ver el mundo. Puedes pensar que la vida no es matemática pura, que el dinero obtenido trabajando requiere dejar de hacer cosas que nos gustan, pero también nos permite hacer muchas otras. Pero no estoy cuestionando el dinero, cumple las 3 funciones que te mencioné muy bien. Lo que cuestiono es el lugar que tiene en la vida de muchas personas. Es decir, no puedo negar que tener dinero, en el sistema en el que vivimos, es algo ventajoso. En lo que no quiero creer, es en que el dinero es sinónimo de estar bien y que debemos de ponerlo por encima de muchas cosas que no se imprimen o que no se acuñan, pero son también muy valiosas, incluso mucho más.
No creo en la fórmula: S/ 3000 = ser feliz.
Ahora quiero hablarte de la foto que adjunto en esta carta. En ella podrás ver Dírhams, Dinares, Rupias, Soles, Shekels, Pesos, Reales, Libras Egipcias y Balboas. Son los billetes y monedas que no utilicé en los países que visité. Me puse a pensar un día cómo llegamos a vivir en un mundo donde el valor de muchas cosas puede estar concentrado en papel y en metales acuñados bajo presión. La historia del dinero empieza con conchas marinas y en otros lugares con granos de cacao, pero la idea de fondo es la misma. Un grupo de personas se puso de acuerdo en confiar en que ese objeto representaba algo más valioso que sí mismo. Ese es el llamado “valor fiduciario” del dinero, es decir, la confianza (o fe) que la sociedad se ha puesto de acuerdo en darle a un billete o a una moneda. El dinero en cada sociedad tiene un valor fiduciario distinto. Por eso manejan distintas monedas, billetes y criterios para darles valor. Si ese acuerdo no es respetado por todos los individuos, es decir, si las personas no creen en esa moneda, el sistema no puede mantenerse funcionalmente. Muchas crisis económicas fueron quiebres en la fe de las personas sobre el valor de la moneda.
Vuelve a ver la foto de los billetes y monedas.
Ya mencioné que cada uno responde a acuerdos sociales distintos. Pero también son una ventana de la cultura de cada sociedad. Diseñar una moneda es una oportunidad más para representar los códigos de una cultura. El dinero es una manifestación de lo que un pueblo desea, piensa y valora. Muchos billetes tienen detalles muy interesantes, parecieran contenedores de mensajes ocultos, historias nativas y de orgullo nacional. Muchos de ellos son pequeñas obras de arte que sirven para comprar arroz, papa y celulares. Pero, puestos sobre una mesa, me recuerdan a uno de los aprendizajes de mis viajes: los seres humanos tenemos muchísimos argumentos para sentirnos parte de una misma gran sociedad, para sentirnos ciudadanos del mundo, no de un país particular.
Porque no importa el color de los billetes, el diseño, los mensajes o los personajes nacionales inmortalizados en ellos. No importa si el billete es árabe, mexicano, panameño o peruano y no importa si quien lo carga es musulmán, ateo, cristiano o judío, todos comparten la misma fe, la fe en el dinero. El dinero es un dios en el que todos creemos, y en el que depositamos nuestros deseos, esperanzas y promesas de una vida mejor. Perdona el tono hereje de mis palabras, pero seguiré argumentando mi punto. Por un momento pregúntate ¿Qué puede tener de divino el dinero? Piensa un momento en el dios cristiano.
Es una idea sin forma, pero que todos los creyentes coinciden en que existe. (Me incluyo).
Obviamente tiene creyentes.
Tiene templos físicos de adoración.
Tiene rituales de fe.
Tiene fechas especiales.
Es una promesa de un mejor futuro (Juan 14:6).
(Solo mencionaré 6 para no hacer muy extensa esta carta)
Aunque sé que no es necesaria la comparación para que entiendas de lo que hablo, me gustaría hacerla.
El valor del dinero, como te mencioné, es una idea sin forma, que todos sus creyentes comparten y motivan.
Sin creyentes, el dinero no existe. (Ya nadie cree en los intis, la antigua moneda peruana, matamos a ese dios).
La imagen que tenemos de la bolsa de valores, espacio físico donde un grupo de personas levantan la voz realizando transacciones intangibles, hablando en lenguajes económicos ¿no te remite a una iglesia llena de gente orando? In nomine patris et filii et spiritus sancti, transacción completa.
Cada vez que adquieres un producto practicas rituales de fe en el dinero. Son rituales en los que no pensamos explícitamente, pero están ahí, como cuando regateas una carrera del taxi, cuando pagas con una tarjeta de débito y pones tu clave o cuando usas la tarjeta de crédito y sigues el ritual en voz alta “en x cuotas, por favor”, cuando sacas dinero de tu billetera bolso con cuidado de no tirarlo o de no hacerlo en lugares peligrosos, cuando miras si un billete es falso o no, cuando recibes tu sueldo y vas al banco a retirarlo. Rituales, modos y formas para interactuar con el dinero y que, como los rituales cristianos, pasan de generación a generación.
El dinero tiene sus celebraciones y las esperamos con muchas ansias. Las semanas de ofertas, los descuentos, los cyber days, el black Friday, etc, etc. Es el momento en el que somos más conscientes de las transacciones que podemos realizar con el dinero, pero son fechas en las que no caemos en cuenta de que somos parte de una religión de papel y monedas.
¿Por qué nuestros padres velan por pagarnos una buena universidad? Porque esperan que el resultado sea una vida mejor, sobre la base de un buen trabajo y por ende, un buen sueldo. La cantidad de dinero que ellos imaginan a la que podremos acceder es la promesa de una vida mejor. Juan, padre de un chico de 14 años, pensando cómo pagar los próximos 6 años de universidad de su hijo. Juan, 14, 6.
Querida Ana, espero que esta carta no afecte negativamente la imagen que tienes de mí. No estoy en contra del sistema completamente (ni soy un hereje). Sé que pareciera que sí, pero como te mencioné al inicio, solo quería compartir contigo una reflexión y uno de mis temores. El dinero para mí no es tan importante como quizá debería serlo en esta etapa de mi vida. Muchos de mis amigos de mi edad tienen ingresos suficientes para confiar en un estilo de vida óptimo para los próximos años. Yo no. Pero no me agobia como sé que a muchas otras personas sí. El dinero no es una presión constante para mí. Puedo decir que (de alguna manera) he aprendido a que el dinero no sea un problema grave, no porque tenga mucho dinero, sino porque precisamente, nunca lo he tenido en abundancia, no sé lo que es tener capacidad adquisitiva grande. No sé lo que es poder comprar lo que quiera cuando quiera, o tener cosas muy costosas, nunca he vivido en una casa grande, ni he usado ropa cara, etc, etc. No he visto ese lado del dinero, pero luego de las experiencias que he tenido, no creo (y ese es mi acto de fe) que necesite verlo.
Creo en el dinero, soy uno de sus fieles, en este momento tengo dinero en el banco. Pero no soy un buen creyente. Digamos que tengo dudas de Dios, siento que cuando acudí a él me dio algunas respuestas inmediatas, pero me dejó con otras preguntas, cuestionamientos y emociones incompletas, no puedo acudir a él y sentir que todo estará bien. Soy un creyente que está triste, porque ve que mucha gente que sí es feliz, por un lado cuestiono su felicidad para sentirme tranquilo y por otro me cuestiono, porque quizá el equivocado sea yo. Siento presión de mi entorno para creer en Él, pero no quiero tomar decisiones bajo esa presión, me da miedo sentirme solo después, me da miedo seguir los rituales y que luego nazcan otros vacíos, y en esta fe, esos vacíos solo se llenan con más dinero. Creer en el Dios cristiano tiene una ventaja sobre el dios dinero. Cuando tienes dudas de tu fe puedes hablar con un representante de la iglesia, pero, si tienes dudas del dinero ¿un economista me puede dar consejos de fe? Orar siempre me acerca a Dios, quizá deba comprar más para acercarme al dinero y recuperar mi fe en él. No puedo negar que es una sensación agradable tener algo nuevo. Pero todo lo que compras es nuevo durante muy pocos segundos.
Querida Ana, espero que tu camino de fe no sea tan accidentado como el mío. Espero que seas libre para decidir cómo transitarlo. Deseo que siempre tengas dinero y en abundancia, pero aunque no sea así, te desearé siempre que sepas darle valor a las cosas que realmente llenan tu corazón. He aprendido que no existe banco en el mundo que pueda imprimir paz, calma, amor y amistad. No existe ningún banco de reserva que acuñe felicidad. Si un lunes en la mañana, quieres visitar la playa y sentir la brisa marina, deseo, con todo mi corazón, que lo hagas, así eso signifique perder dinero.
Querida Ana, te escribo sin ninguna excusa bajo el brazo, no intentaré cubrir mi ausencia con palabras vacías, con disculpas exageradas o con historias deprimentes buscando corregir lo que he hecho, o mejor dicho, lo que he dejado de hacer en más de un año: escribirte. No tengo disculpa convincente, lo sé, pero en la vida he aprendido algo importante, y es aprovechar lo que sí tengo, en vez de angustiarme por las carencias. Y tengo algo para ti, una gran historia, deja que te la cuente lo más breve que me sea posible. Espero puedas (y quieras) leerme hasta el final. Quiero contarte del aprendizaje que traje conmigo desde el otro lado del mundo, lo que pude traer en mi corazón luego de 28 días viajando por Asia.
Hace un poco más de un año, tomé una decisión importante: en qué convertir mis ahorros. Ahorrar es una actividad de las más pasivas que podemos realizar. ¿En verdad hacemos algo al momento de ahorrar? Cuando precisamente ahorrar significa no hacer algo con el dinero que tenemos entre manos. Es uno de los verbos más aburridos que se me pueden ocurrir, pero uno de los más importantes, según muchas personas inteligentes, empezando por mi madre. Ahorramos motivados por la incertidumbre que significa pensar en lo que sucederá en el futuro, los ahorros nos brindan una sensación de seguridad directamente proporcional con el monto ahorrado. Pero es nuestra vanidad como seres humanos lo que nos hace pensar que algún futuro puede ser previsible, es esa idea la que motiva colocar nuestro dinero en algún lugar que sentimos es seguro, acumularlo ahí, poner un centavo sobre otro para luego convertir todo en algo importante. Y ahí es donde empezó mi cuestionamiento para hacer uso de mis ahorros. ¿Qué es lo más importante que puedes hacer con el dinero?
El dinero ahorrado entre manos tenía un fin cuando coloqué el primer centavo en mi cuenta bancaria, iba a ser usado para pagar la Maestría en Integración e Innovación Educativa de las TIC que estoy por terminar en la Escuela de Posgrado de La Pontificia Universidad Católica del Perú. Y sí, te pongo el nombre completo para que oigas lo importante que suena, y en este momento de mi vida, es muy importante. Estoy llevando esta Maestría para tener posibilidades futuras (vanidoso yo en creer que el futuro puede ser previsible en algún grado). Durante un año coloqué en una misma cuenta gran parte de mi sueldo, fui meticuloso, responsable, constante y serio cada mes, casi casi un adulto con todas las letras y en mayúsculas, constancia que luego me permitió alcanzar la meta financiera de un año entero. Pero algo pasó en mi cabeza, o mejor dicho en mi corazón, que me hizo cambiar los planes radicalmente (¿o la vida me los cambió?).
¿Qué es lo más importante que puedes hacer con el dinero? Ahorrarlo es no hacer nada, ya que estás asumiendo muchas cosas que aún no pasan y nada te asegura que pasarán. Usarlo para comprar una casa es una de las primeras cosas que me vinieron a la mente, la voz de mi madre mencionando constantemente departamentos en venta y ofertas inmobiliarias se prendieron en mi cabeza. Pero eso significaba tener una responsabilidad financiera durante muchos años, aún no, me dije. Otro destino pertinente para el dinero es cancelar las responsabilidades financieras pendientes, deudas, créditos, tarjetas, préstamos, etc. Librarse de tal yugo es una de las actividades más placenteras que puede realizar una persona en estos tiempos de confianza exagerada en lo que está por venir. Pero no hice eso. Quizá debí seguir ahorrando hasta tener el doble o el triple, si mi perseverancia me llevó en solo un año a tener una cifra importante de dinero (importante para mí), imagina qué tan lejos me llevarían dos o tres años más en ese mismo camino. Y fue ahí donde me di cuenta de lo que debía hacer, eso precisamente, llegar lejos.
Fue entonces que tomé mis ahorros y no solo usé hasta el último centavo, sino que además pedí un préstamo al banco para usar el total en un viaje por 28 días a través de algunos países de Asia. ¿Por qué? Porque lo más importante que puedes hacer con el dinero es convertirlo en algo más valioso, y para mí, no hay nada más valioso que crecer como persona. Invierto en crecimiento personal, y los réditos no me han decepcionado hasta hoy. En los últimos años he usado mi dinero en activos intangibles, en experiencias que no se devalúan, que no caducan, que no están afectas a las caídas bursátiles más violentas, y que nadie te las puede quitar. Tomé el dinero entre mis manos y con una sonrisa en el rostro lo convertí en unos pasajes hacia el otro lado del mundo.
Ahora me corresponde intentar contarte lo que vi. Quisiera hablarte de los monumentos, las estructuras y los templos que visité, los colores brillantes, los olores indescriptibles, la comida que probé, lo que me entristeció, lo que me hizo llorar de emoción, los momentos en que tuve miedo, cuando me sentí perdido, pero también cuando me sentí muy seguro de que estaba en el lugar correcto, las personas que conocí, los idiomas que escuché, todos los que no entendí, los vuelos largos, los cortos, los aeropuertos gigantes, los aeropuertos con una sola sala de embarque, los cuartos de hotel en ciudades impresionantes, la lluvia, el calor del desierto, el cielo repleto de estrellas hasta donde mis ojos podían ver, los sonidos mágicos de música extraña, las plegarias a distintos dioses, el dulce desprendimiento que significa dejar ir varios prejuicios, el caminar por horas y sentirte con muchas más energías al final del día, el cometer nuevos errores, lo que toqué con mis manos, desde una pirámide, pasando por aguas de un río sagrado, y la textura del pan árabe. Pero no puedo resumir 28 días de viaje sin perder detalles importantes, querida Ana, debo admitir que en solo un año se han ido desvaneciendo muchas imágenes de mi cabeza, espero conservar todas las que pueda en lo que me queda de vida, pero sobre todo, espero conservar el gran aprendizaje del que te hablé al inicio de esta carta. Para llegar a eso te contaré brevemente mi travesía.
Mezquita Azul, Estambul – Turquía.
Luego de unas horas en Panamá, tomé un vuelo hacia Estambul, ex capital del imperio turco, antes conocida como Constantinopla, fue mi primer contacto cercano con el mundo árabe y desde que pisé el centro de la ciudad sabía que había llegado a un mundo nuevo, las mezquitas más grandes de Turquía, Hagia Sophia y La Mezquita Azul, me dieron una bienvenida hermosa, pero el primer momento intenso llegaría al escuchar el llamado a la oración a través de los parlantes colocados en las mezquitas, era un cántico con sensación de lamento, pero luego de buscar la traducción, entendí que eran palabras de agradecimiento, invitación y reflexión. Primer prejuicio destruido.
Piedra de la Unción – Iglesia del Santo Sepulcro – Jerusalén. Israel.
Tomé la maleta y seguí hacia otro destino muy importante para mí, Jerusalén. No puedo describir lo que sentí en la ciudad amurallada, el pecho se contrae, los ojos no son suficientes para observar lo que está frente a tus ojos, fui un manojo de emociones, me hubiese gustado que estés ahí conmigo, para que veas mi cara abrumada y poder observar la tuya. Estuve donde Jesús pasó sus últimos días, donde su mensaje alcanzó su punto máximo, donde nos regaló el sentido total de su vida y de su muerte. Yo creo que él siempre está contigo, donde sea que te encuentres, y ese día lo sentí conmigo, dándome nuevas lecciones entre las calles empedradas de Jerusalén.
El Tesoro, Petra – Jordania.
Mi siguiente destino fue Jordania, y es que el viaje tenía dos paradas cruciales, una de ellas era la ciudad abandonada de Petra, un misterioso complejo de estructuras talladas en la piedra de la montaña, tumbas, teatros, calles de piedra, camellos, acantilados y el desierto rojo de Jordania a 37 grados me rodearon aquel día. Caminé unas 9 horas seguidas dejando toda mi energía física, pero recibiendo mucho más a cambio. Regateé algunos recuerdos, hablé con desconocidos, bebí muchísima agua, aunque siempre tuve sed, ensucié mis zapatos y tomé cientos de fotografías. En un punto, mientras subía hacia una estructura llamada El Monasterio, me detuve a descansar en unas escaleras de piedra, estaba completamente solo, únicamente oía el viento, no habían turistas por lo menos a 500 metros o más. Me senté, tomé agua y me di cuenta de lo frágil que era en ese momento, sin nada alrededor más que un acantilado a un par de metros. Me sentí pequeño durante el viaje entero, pero ese fue un momento importante, lo suficiente para recordarlo un año después. No sé si fue el cansancio, quizá caí recién en cuenta en ese momento de que estaba al otro lado del mundo, a miles de kilómetros de las personas que más me importan en la vida, en el punto más lejos que he estado de mi casa, quizá me di cuenta de que puedo llegar a cualquier lugar que me proponga, no sé muy bien qué pasó, quizá simplemente me deshidraté, pero cuando me levanté de esas gradas era una persona más humilde, más consciente de que soy un punto de energía en un inmenso mundo aún desconocido para mí y que debo elegir bien mis certezas para lo que me resta de vida, no todas me harán bien, no todas son valiosas, debo de abrir mis pensamientos y dejar entrar todo lo que pueda, porque podría perderme de las mejores respuestas, los mejores caminos y las mejores lecciones. Mi mundo se hizo más grande en ese momento.
Pirámides de Giza – Egipto.
Seguí con el viaje. Mi primer día en el continente africano me recibió con mucho calor y algo de caos. La ciudad de El Cairo, mi siguiente destino, tiene una atmósfera algo densa, el tráfico es terrible, la ciudad tiene un color amarillento desgastado, y los vendedores te abordan con una vehemencia incontenible. Pero todo eso pasa a un segundo lugar cuando estás frente a las pirámides de Giza. Querida Ana, las pirámides fueron durante muchos siglos las estructuras más altas hechas por el hombre. No imagino lo que pudo sentir una persona del mundo antiguo al ver una pirámide por primera vez, pero estoy seguro de que en cierto grado, mi asombro al ver por primera vez las 3 pirámides se pareció mucho al de esa persona nacida miles de años atrás, y por un momento me sentí conectado con un mundo inexistente, pero que gracias a esas pirámides pude ver y tocar.
Mezquita Sheikh Zayed, Abu Dhabi – Emiratos Árabes.
No me podía detener, creo que no podré hacerlo nunca más, así que de golpe viajé del pasado hacia el futuro, todas las cosas que escuchas de Dubai son ciertas, la capital de negocios de esa parte del mundo es impresionante y es que cada ladrillo colocado ahí tiene como fin impresionar, la ciudad te muestra lo que el dinero puede construir, y sientes que no tiene límites, tanto así que su punto más alto toca el cielo y cruza las nubes. El Burj Khalifa, quizá sea lo más impresionante de todo Dubai, es una aguja de acero, concreto y vidrio que se eleva hasta donde ninguna otra estructura humana lo ha hecho antes. Por supuesto subí hasta casi lo más alto. El edificio es tan elevado, querida Ana, que el día dura unos minutos más en su punto más alto, ya que al girar la tierra la punta recibe los rayos del sol más tiempo que la base. Me quedé boquiabierto y con el cuello cansado de tanto mirar hacia arriba, el arquitecto lo había conseguido, diseñar no solo un edificio, sino un recuerdo imborrable para quien lo contemple. Debo contarte que en esta parte del viaje experimenté otro punto extremo en mi vida, la temperatura más calurosa que haya sentido, fui a Abu Dhabi y alcancé los 40 grados Celsius pero con sensación térmica de 44. Si el infierno es siquiera un grado más caluroso, me comprometo a portarme bien en lo que me queda de vida.
Taj Mahal, Agra – India.
Con mucho dinero menos encima, seguí mi ruta, esta vez hacia un país que se quedará en mis 5 sentidos para siempre: la India. Deseo con intensidad que visites alguna vez la India. Regálate esa experiencia que, te prometo, aclarará muchas de las dudas que tengas contigo en ese momento de tu vida, abrirá tu mente y podrás ver con claridad qué es valioso y qué no lo es. Descubrirás que creer puede ser tan importante como hacer, abrirás tu vida a la espiritualidad y hacia Dios, lo que sea que entiendas por esa palabra. Querida Ana, la India es un misterio que te permite ver la vida de manera más clara. Este fue el otro gran punto importante (en verdad todos fueron igual de importantes cuando estuve ahí) de mi itinerario. Fui en busca de una de las maravillas del mundo más hermosas que existen: el Taj Mahal, aunque ahora me gusta creer que él me buscó a mí. No todo lo que dicen los turistas es cierto, sobre todo con el Taj Mahal, porque no hacen mérito a lo que significa estar a unos metros de la tumba más hermosa del mundo, que paradójicamente te hace sentir realmente vivo. Es increíble lo que hicieron los antiguos indios con cientos de toneladas de mármol blanco y brillante. Es hermoso escuchar una historia de amor atípica mientras caminas por el piso del Taj, tocas la historia con tus propias manos, el complejo también incluye una mezquita, y es que la reina que descansa en el centro del Taj era árabe, es un complejo donde la muerte, el amor y Dios conviven, y es un buen lugar para reflexionar un poco sobre lo que significa Dios en tu vida con respecto al amor. ¿Acaso puedes entender un concepto sin el otro? ¿Cómo comprobar que amas a alguien realmente? No hay respuesta racional ni escala científica para señalar el grado de amor que tienes en el corazón, pero todos los que se han enamorado alguna vez saben que eso no importa, el amor es una manifestación emocional maravillosa y basta con sentirla para creer que está ahí, dándote paz, ofreciéndote bienestar y acelerando tu pecho y apaciguando tus preocupaciones cuando lo necesites. Lo mismo pasa con Dios. En la India estuve muy cerca no solo de una religión muy intensa, sino que vi tangibilizada la espiritualidad, en la gente, en su ropa, en los colores que colocan sobre su cuerpo, en los templos, en sus rituales de vida y de muerte.
Fue aquí, en este país que dejé para el final, donde abracé la lección más importante de toda la experiencia. Y una de las más importantes de mi vida hasta ahora.
Pude estar muy cerca de la religión católica, la musulmana, el judaísmo y el hinduismo, 4 de las religiones más grandes del mundo. Escuché el nombre de sus dioses, sentí la diferencia entre cada mensaje, en los rituales, en las palabras usadas, en los distintos idiomas, creencias y maneras de llegar al clímax espiritual. Muchos modos y maneras en cada una tratan de diferenciarse de las demás, estableciendo claramente su territorio espiritual, digamos, invitando a creer de una manera y no de otra, haciendo patentes sus límites y sus prohibiciones. Pero entre esas diferencias pude encontrar algo maravilloso que felizmente, gracias a que tuve los ojos abiertos, pude ver claramente.
En Jerusalén visité la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se cree que está la tumba de Jesús, es un complejo grande donde hay algunas otras reliquias, como la piedra de la unción, donde se preparó el cuerpo de Jesús para ser colocado en la tumba. Es una piedra plana, de unos dos metros de largo por uno de ancho. Está colocada en el piso, a un par de metros de la entrada principal, y es el primer impacto visual, ya que muchos creyentes se acuestan a su lado, la besan, se arrodillan colocando la frente sobre ella, incluso algunos lloran. Es una imagen potente que dice mucho del lugar donde te encuentras. Antes de salir de la iglesia pude ver a una señora vestida completamente de blanco, arrodillada al lado de la piedra, ella rezaba muy concentrada, pero de pronto, empezó a tocar la piedra y a pasar su mano rápidamente sobre ella, al lado suyo tenía una pequeña mochila, de ella sacó una bolsa que también frotó con la piedra, en la bolsa vi que habían rosarios o crucifijos, de pronto, la señora sacó su celular, un pequeño smartphone muy sencillo que también frotó en la piedra de la unción. Pude imaginar que trataba de bendecir cada uno de los objetos que llevaba consigo, para que se impregnaran de la gracia o santidad de la reliquia, incluido, claro, su celular. Fue una imagen curiosa pero comprensible, yo he mandado a bendecir pequeñas imágenes, cruces o rosarios antes de regalarlos a familiares y amigos. Un celular, al igual que estos objetos, pueden acompañarte todo el tiempo.
En la India pude ver algo similar. Sí, a casi 5 mil kilómetros de distancia, pude observar una escena muy parecida. Esta vez en la ciudad Santa de Varanasi. Había caminado algunas horas y disfruté imágenes increíbles, vacas caminando libres en plena calle, puestos de comida al lado de la pista desprendiendo olores intensos, miles de personas con vasijas en las manos llenas de agua del río y también siddharthas meditando a orillas del famoso río Ganges, a donde millones de personas acuden para purificar su karma y algunas para morir y luego ser cremadas y arrojadas ya en cenizas al río sagrado. Hacia donde fuera que mirara encontraba una escena impregnada de religiosidad. Fue precisamente mientras mis ojos se iban por todos lados que vi a un señor vestido con jean y camisa y llevando una pequeña mochila consigo. Se sacó los zapatos, remangó la basta de su pantalón y bajó las escalinatas que dan al río, mojó sus pies hasta la rodilla y se puso a orar, levantando las manos, tocando el agua y rociando un poco sobre su cabeza, sin dejar de orar en ningún momento. Luego volteó hacia donde estaba su mochila, roció un poco de agua sobre ella, para luego sacar un smartphone pequeño y también roció un poco de agua sobre él.
Río Ganges, Varanasi – India.
Dos personas que no se conocen y probablemente nunca lo hagan, que creen en dioses distintos, que viven alejadas por mares, desiertos, montañas y culturas, tomaron la misma decisión y buscaron lo mismo: que la divinidad vaya conmigo incluso en mi celular. Ambos me dieron una bonita lección. Como seres humanos, son muchos más los lazos que nos unen, que las barreras inventadas para separarnos. Lo que podía ser una bonita frase publicitaria o frase escuchada en el aire o alguna canción, se tangibilizó en estas dos ciudades, lo presencié, estuve en el centro de muchas culturas y pude encontrar tantas similitudes que me sorprendieron. Hemos construido muros imaginarios, hemos construido tantos templos, monumentos y delimitado fronteras para poder sentirnos seguros, para diferenciarnos, para estar por encima del otro o protegido del otro, pero no hemos podido evitar que la cultura se mezcle, que compartamos ideas, que conectemos emocionalmente, que nos escuchemos y que nos dejemos influir por alguien lejos, nos enseñan desde que nacemos a que somos distintos, que somos una unidad social llamada país, y que tenemos un Dios al que rendir fidelidad eterna. Cuando en la realidad nos mueven muchas emociones en común y buscamos ir hacia el mismo punto, caminando por vías que muchas veces se cruzan. Desde este viaje me di cuenta de que no somos ciudadanos de una nación bajo una bandera de colores, sino que somos personas que compartimos el planeta, punto, igual de valiosas, igual de memorables e igual de maravillosas. Nunca supe el nombre de estas dos personas, pero les debo mucho. Como las disculpas que te debía, pero solo tengo estas historias que contarte a cambio. Espero haya sido suficiente el resumen de lo que significó la experiencia más grande de mi vida hasta este momento.
Viaja, querida Ana, conocer nuevos lugares tiene muchos beneficios, no solo haces más grande tu mundo, sino que descubres cosas de ti que no tenías tan presentes y acumulas nuevas experiencias que te cambian como persona, y eso es lo más importante que puedes hacer con el dinero.
Hasta muy pronto, Christopher.
Pd. Por si no fue suficiente, te dejo un video resumen del viaje.
Querida Ana, lo siento mucho, sé que no te he escrito en varios meses, pero te aseguro que este tiempo me ha servido de mucho, me han pasado cosas buenas y malas, pero todas interesantes y hasta estoy a puertas de viajar al otro lado del mundo. Pronto te contaré más.
Así es querida Ana, el tiempo siempre nos va a dejar algo, ese mismo tiempo al que le decimos tirano, que nos genera una tensión, que parece que nos persigue o nosotros lo perseguimos a él, siempre nos dará las mejores lecciones. De eso quería contarte hoy, de una gran lección aprendida gracias al tiempo, en este caso, mi tiempo libre.
Hace un par de años la vida me puso frente a una situación complicada, una con la que miles de personas suelen convivir todos los días, pero que en mi caso nunca me había generado tanta tensión e inseguridad: el desempleo. Trabajaba en una agencia en la que luego de 7 meses decidieron no renovar mi contrato y contármelo 2 días antes de mi último día. Sin preverlo me encontré en la necesidad de conseguir un nuevo espacio laboral rápidamente, ya que tenía deudas, proyectos y, sobre todo, deseos de seguir ganándome el sustento con mi trabajo.
Los primeros días del desempleo son los menos malos. Estás aún en un estado de negación, en donde disfrutas las horas extras de sueño, donde te sientes en unas vacaciones falsas, pero a fin de cuentas vacaciones, vuelves a ver a gente que no veías, ir a lugares por los que no pasabas hace mucho tiempo y experimentar la ciudad a horas en las que tu trabajo te lo impedía. Es una situación agradable donde el recuerdo de que no estás produciendo se reduce a su mínima expresión.
Pero luego ese recuerdo se hace más notorio, como el sonido de una alarma que decidiste no escuchar, pero que poco a poco se hace más patente y solo te queda hacerle caso porque te está diciendo algo importante: el tiempo está pasando y esta vez en contra. Así me encontré yo luego de casi 2 meses de no conseguir un nuevo lugar donde hacer lo que más me gusta, publicidad. Entonces caí en la peor etapa del desempleo, la desesperación.
Empecé a darme cuenta de cosas que estaban ahí, mejor dicho, que no estaban. El dinero de mi cuenta bancaria se hacía cada vez más pequeño, no tenía dinero para pagar las cuotas de tarjetas, deudas y créditos que tenía pendiente. Aún vivía en casa de mis papás, pero aunque nunca me presionaron me sentía encerrado, salir era cada vez más difícil, ya que cuando sales, gastas. No tenía dinero.
Tampoco tenía entrevistas que disminuyeran la tensión. No había recibido respuestas de los correos, inbox y whatsapps que había enviado, los que al inicio se centraron en contactos muy cercanos, luego solo cercanos y finalmente me conformaba con tener el correo de alguien en publicidad. Y así enviaba mi carpeta creativa y CV cual spam, cual mensaje que aparece en tu bandeja pero que no deseas abrir porque no te aporta nada nuevo, así sentía que era recibido mi CV por todos lados. No tenía entrevistas.
Empecé a cuestionar todo, si la publicidad era lo mío, si el desempleo es un sabor reservado para quienes no han elegido correctamente el camino profesional. No me imaginaba a mis héroes publicitarios pasar por la misma tensión por la que yo pasaba. Me sentía disminuido, me auto menospreciaba, empecé a culparme de mi situación, ya que en la vida uno hace su propio camino y no puede ir culpando a las personas, a la vida, a la suerte, al contexto, por todo lo malo que nos pasa, así que concluí que debía ser yo el problema. No tenía confianza en mí mismo.
Finalmente no sabía qué hacer. Quería estar encerrado, esperaba que las cosas se solucionaran de alguna manera pero no sabía cuál. Estaba buscando trabajos en donde mi licenciatura me permitiera ingresar. Cualquier trabajo mínimamente cercano a lo que había hecho durante toda, aunque corta, vida publicitaria y es así que casi acepto uno en una empresa donde me pagarían mucho más de lo que ganaba en la agencia que me dejó ir, pero que me alejaría del mundo publicitario que tanto me gusta. No tenía las cosas claras.
Hasta que entendí la lección.
En la vida todos tenemos prioridades, nos concentramos en un aspecto, en un tema, en una experiencia que más nos importe en ese momento de nuestra vida. Definir esa prioridad lo determinamos solo nosotros, no es una decisión fácil, no es un camino claro, es más, muchas veces tenemos la inseguridad y nos crece la pregunta en la cabeza…¿qué estoy haciendo con mi vida?…pero una vez formulada esa prioridad corresponde seguir ese camino, a ver qué pasa. En uno de los peores momentos de mi vida decidí darle fin a mi angustia y la reemplacé con un propósito. Dejé de hacer de mis preocupaciones mi prioridad y dejé de concentrarme en lo que NO tenía, sino en lo que SÍ tenía en esos días tan tensos. En aquella vez lo que más tenía era tiempo libre. No tener trabajo te da mucho tiempo libre.
Es así que emprendí un proyecto: potenciar, capitalizar, aprovechar y celebrar lo que sí tenía, mi tiempo libre. Este proyecto consistía en algo que ya tenía en mente algunos meses atrás pero que nunca concreté por excusas y más excusas que no vienen al caso porque ya no existen. Creé una página de Facebook con el fin de subir contenido que me pareciera gracioso y pueda compartir con otras personas a las que también les pareciera divertido. Ese era y es el objetivo del proyecto al que llamé TIEMPO LIBRE, eligiendo ese nombre para recordar siempre el momento en que cambié mis prioridades y me concentré en lo positivo que te da la vida, que siempre lo hay.
Este espacio se convirtió de pronto en una prioridad en mi vida. Siempre estoy atento a publicar cosas que me parezcan divertidas, interesantes, coyunturales, pero desde mi punto de vista y con el tono con el que suelo responder a la vida, el buen humor. Querida Ana, te cuento que este pequeño espacio hoy ya no es tan pequeño, hasta la fecha (junio 2018) ha alcanzado los 100 mil seguidores. Quizá no es mucho en estos tiempos de redes sociales y likes entregados a veces sin convicción. Pero para mí es emocionante ver cómo un simple cambio de actitud te puede cambiar la vida. Decidí usar mi tiempo de manera más productiva, hacer reír a los demás. (Y hasta ha salido en TV, en páginas de diarios y otros fanpages).
Hoy, gracias a Dios y mis prioridades, tengo 3 trabajos: en una nueva agencia, las clases que dicto en la PUCP como JP y la fotografía que de vez en cuando me da dinero, pero siempre felicidad, pero entre las cosas más valiosas que tengo se encuentra mi lección de vida. En todo lo que nos sucede, siempre hay un camino para encontrar lo bueno, lo positivo, lo que aporte, lo que te haga sentir bien. Aquella vez encontré en el desempleo el camino para un bonito proyecto al que quiero mucho, TIEMPO LIBRE me ha dado no solo seguidores, sino también experiencias, nuevos aprendizajes y emociones especiales, me han escrito personas agradecidas por los posts, porque que les alegran el día, me han coqueteado a veces por inbox, y hasta una vez me escribió alguien diciéndome que su mamá acababa de fallecer, pero que cuando veía una nueva publicación mía su ánimo mejoraba. Eso no tiene precio.
Querida Ana, espero que esta nueva carta compense mis meses de ausencia. Quería compartir contigo esta noticia, así también seguiré compartiendo pensamientos, bromas y buena onda con quienes le den like al fanpage, siempre con la mente enfocada en mi prioridad: ser feliz.
Nos vemos pronto.
Pd. Si te da curiosidad ver el fanpage, dale clic a este link y sígueme:
Querida Ana, no es necesario explicarte el poder de los libros, no es la intención de esta carta, pero debemos admitir que a veces llega a tus manos uno con la capacidad de doblegar tus expresiones, que toca insospechadamente fibras internas. Hoy te quiero contar lo que me pasó con “La distancia que nos separa” de Renato Cisneros y por qué este libro hizo eso conmigo y me quebró más de una vez.
Debo confesarte que el acto de comprar un libro me atemoriza. No es una repulsión de la que te hablo. Comprar un libro me atemoriza porque leer es una actividad que no admite distracciones, multi tareas o estímulos innecesarios. Leer es una maravillosa actividad que requiere una mínima atención para disfrutarla correctamente. No puedes conducir un auto y leer, bañar a un bebé, escribir un informe, manejar bicicleta, operar a alguien y al mismo tiempo leer tu novela favorita. Leer te da mucho, pero a cambio de pide algo que nunca podrás recuperar, tu tiempo. Temo entregar mi tiempo a un libro que no lo valga. Felizmente no pasó así con “La distancia que nos separa”. Me siento más que satisfecho con los resultados de mi inversión.
No pienso hacer un análisis literario, metódico, conceptual y narrativo del libro, no creo que estés esperando algo así y tampoco tengo la capacidad académica para animarme a hacerlo. Voy a contarte lo valioso que encuentro en este libro desde el pensamiento que he manejado durante ya casi 10 años de mi vida: el publicitario. No frunzas el ceño, te aseguro que este libro y la publicidad, esa que a veces contamina nuestro día a día, tienen un punto en común importante y creo que ese punto es una de las razones (no la única ni digo que sea la más importante) del éxito de este libro que será traducido al francés y al alemán. Déjame explicarte.
En mis clases de la PUCP, (curiosamente el autor fue mi profesor en la PUCP) intento explicar a mis alumnos la definición, importancia y consecuencias de una palabra que todo publicista ha oído: insight. No te preocupes, no pienso aburrirte (como quizá aburro a mis alumnos) con una extensa definición y reflexión sobre el tema. Pero es necesario que te cuente algo de esta palabra para que entiendas cómo es que este libro pudo quebrarme en más de una ocasión.
Un insight es un hallazgo. Es una verdad que forma parte de la vida de las personas. Pero no es cualquier verdad. Es una verdad con la peculiaridad de que está frente a nuestras narices, todo el tiempo, pero curiosamente no creemos necesario prestarle atención ni análisis hasta que una marca la coge, la usa y arma con ella un mensaje comercial, con la forma de una campaña. Es entonces cuando caemos en la cuenta de ella y decimos…¡sí pues, eso pasa! Este libro es un contenedor de muchos insights, algunos más intensos que otros, pero todos reales, honestos y conmovedores. Al momento de leer este libro descubres una verdad que nos mueve el piso: Todo lo que conocemos de papá no es todo lo que papá es.
Es ese quiebre en nuestras emociones filiales que conecta con los lectores, creo yo. Llego a esta conclusión siendo yo el único sujeto de estudio. Así que pido disculpas si al leerlo no sientes lo mismo y mi presunción de que actuará en ti de la misma maravillosa manera que hizo conmigo te genera una expectativa sobredimensionada. Perdón si te sobre vendo el libro. Soy publicista, no puedo evitar, a veces, maquillar un poco la verdad.
Desde las primeras páginas, hasta el último párrafo, este libro te plantea una gran pregunta. Una que no todos nos hemos hecho, una que estuvo ahí frente a nuestras narices y sin embargo la hemos ignorado, consciente o inconscientemente. ¿Qué tanto sé de papá? Y esta inevitablemente te lleva a otras ¿Es como yo lo he construido en mi mente? ¿Es mucho más, mucho menos, totalmente distinto? Responder estas preguntas presuponen un temor, un temor como el que te describí líneas arriba, para saber si un libro es bueno, hay que leerlo y eso supone una inversión de tiempo que no volverá, para responder estas preguntas necesitas invertir emociones y arriesgar memorias y momentos de tu vida que hasta hoy te hacen sonreír y que quizá pierdas, pero solo con lanzarte hacia ese abismo podrás disipar estas dudas. Una vez recorrido el camino, no hay vuelta atrás. Nadie podrá devolverte al estado de ignorancia previo a la investigación. Es así que empieza el libro, con una historia de coraje por parte del autor. Se lanzó al abismo que significa el mirar hacia atrás.
La valentía a veces es premiada. Digo a veces porque de eso se trata, vencer el miedo es un mérito que no siempre trae medallas y satisfacción. Solo el autor sabe en su interior si la búsqueda realmente fue fructuosa o no. Yo quiero creer que sí. Pero porque me gustaría pensar que conocer a papá es una hermosa tarea, que solo lleva consigo un gran premio, el conocerte a ti mismo también.
Pero regresemos al tema del insight. La pregunta está planteada, la verdad está desnuda y ahora no podremos jamás cubrirla con desinterés ni ignorancia. El libro (como los mejores libros que he leído) te lleva a una orilla distinta, a un lugar nuevo y no siempre puedes volver. ¿Quién es mi papá? Esa figura masculina que forma parte de la vida de muchas personas (para bien o para mal) nos marca desde nuestras primeras memorias. Este libro (al igual que una buena campaña publicitaria) te hace reflexionar sobre ti mismo, sobre tus emociones y en este caso sobre tu relación con papá.
Regresas en el tiempo mientras tus manos cambian expectantes de página en página (porque el libro te atrapa por muchos momentos), regresas a esas interacciones típicas de todo padre e hijo. El autoritarismo incomprensible de sus advertencias, la fuerza y poder de su cuerpo, regresas al tiempo en que veías a papá como un muro indestructible que te hace sentir protegido del mundo que aún no conoces completamente, el libro te hace recordar lo divertido que era tener un amigo que jugaba contigo, la capacidad que tienen los papás para sacarse la capa, los lentes de rayos x y el escudo para ser un niño más jugando pelota o meterse al mar y temer a las olas igual que tú. El libro es una sucesión de momentos únicos entre el autor y su padre, pero que todos hemos disfrutado en algún momento. Es una historia única, que se repite en cada lector y por eso te sientes protagonista de un libro que no escribiste, sino que parece que escribieron por ti.
Son esos insights los que no te dejan en paz. Es esa reflexión que te lleva a pensar en cosas en las que no habías pensado en muchos años. Te entristece saber tan poco de tu papá. Te alegra recordar lo maravilloso que sabes de él. Te emociona pensar en las cosas que podrías encontrar de él si te haces las mismas preguntas que el autor. Y son las respuestas las que más te atemorizan. Es un libro delicado, lo tocaba con cuidado, como si debiera protegerlo de caídas o golpes, temeroso de que se rompiera y expulsara alguna verdad mía, algo que yo no quería saber. O que sabía pero quería olvidar. Leer este libro me llevó a un desgaste emocional que valió totalmente la pena.
Dejemos por un momento la publicidad. Hablemos de historia. Al terminar de leer “La distancia que nos separa” sentí que tocó el timbre de fin de clases del colegio. La historia de los personajes influyó mucho en la historia del Perú y viceversa. Es crucial en casi todo el libro enmarcar el contexto social, político y económico del país (y el mundo) en el momento en el se desarrollan los hechos para entender mejor a los personajes y sus decisiones. Si las clases de historia del Perú del colegio entre los años 40 y 90 te fueron insuficientes, este libro te puede servir de mucho. Es un recorrido, con tono crítico, de lo que pasó en nuestro voluble sistema de gobierno republicano, épocas donde al mismo tiempo en que los terroristas disparaban contra la sociedad, la economía era acribillada por decisiones políticas improvisadas. El libro te ofrece un ejercicio de reflexión sobre lo que sucedió en nuestro país en los años que más marcaron nuestra historia reciente (bueno, reciente es una manera de llamarla). En mi caso me sirvió también para conocer un poco de un familiar lejano, cuyo nombre se menciona en un pequeño momento, pero lo suficientemente grande para recordarme que en toda familia siempre hay alguien que no te llena de orgullo. Es curioso descubrir que este libro tiene mucho de cada lector porque no solo es la historia de los protagonistas, sino que también tiene mucho de la historia de todos los peruanos.
Puedo seguir contándote fortalezas del libro, la manera cómo está escrito te permite una lectura ágil, aunque el contenido no es nada ligero, por momentos es inevitable abrir mucho los ojos ante la exposición de la privacidad de la familia Cisneros. El autor ofrece un relato íntimo, pero también nos invita a la intimidad de su madre, sus hermanos, tíos y amigos, y a veces no puedes discernir si para bien o para mal. No soy para nada un mojigato, el libro se trata de un descubrimiento, y por eso siento que fue necesario el develar tanto de la vida privada de sus personajes, pero me puse a pensar en lo que diría mi familia si me atreviese a contar tan públicamente aquellas experiencias que no se suelen comentar en cada almuerzo familiar, sino que se callan por la intensidad de su naturaleza, imagino a mi familia dándome las más duras críticas, no literarias, pero sí morales. Y quizá con algo de razón. Quizá no. Deberías leer este libro y juzgar por tu cuenta. Pero este desprendimiento de la privacidad hace que el libro se sienta auténtico, real y honesto. Pero para eso el autor ha abierto la puerta de su casa a todo el mundo y nos deja ver qué hay debajo de la cama y dentro del closet. Espero no haber motivado tu morbo. Pero admitámoslo, algo tiene el peruano que siempre quiere saber eso que no necesariamente le corresponde saber.
Querida Ana. Este libro me llevó a una conclusión. Los padres no son perfectos. Menos el mío. Pero no tienen por qué serlo. Es una de esas cosas que aprendemos cuando nos acercamos más a la adultez. Nuestros padres empiezan a tener errores, vicios, terquedades y defectos que vemos en el mundo y que un día nos damos cuenta de que estuvieron en nuestro mundo todo el tiempo depositados en la figura de quien fue nuestro primer maestro. Pero no tienen que ser perfectos. Para nada. Muchas personas quieren evitar el peso que significa la historia de su padre. Pero siempre será un peso, la historia de papá no tiene que ser ligera. Creo yo. Si nuestro papá es un tipo admirable, no solo por su familia, sino por personas fuera de ella pues deberíamos tomarlo como un motor, como un impulso y no como una vara a la que hay que superar, o una presión con la que hay que vivir. Somos responsables solamente de nuestras actos, no de los de papá, así que la comparación no tiene por qué connotar una tensión insoportable, todo lo contrario, debería suponer una vitamina que nos lleve siempre hacia delante.
Pero si por el contrario la figura paterna no nos enorgullece. Es nuevamente un valor positivo, si decidimos tomarlo así, para llevar nuestro camino sobre las vías adecuadas y no por las que eligió papá. Es un peso, claro que sí, pero no podemos borrarlo, el dejar de hablar de papá no lo borra, no lo desaparece. Perdona que ponga sobre la mesa esta reflexión, pero es precisamente una de las cosas que me trajo este libro. La reflexión sobre mi papá, sobre lo que pienso de él y sobre lo poco que sé de él.
Te recomiendo que leas este libro porque es una conversación pendiente que todos tenemos. El autor quiere saber de su padre y no lo tiene ya consigo así que debe investigar en publicaciones, documentos entrevistas dentro y fuera del país, porque su padre ya no está. El libro nos recuerda de una manera maravillosa que algunas cosas hay que conversarlas así no nos sean cómodas, mientras podamos llevarlas a cabo con papá, nos recuerda que él siempre está para nosotros, con sus defectos, con su humanidad, pero está ahí para nosotros cuando queramos hablar con él, siempre y cuando nos demos el tiempo y valor para hacerlo. El libro es intenso porque la relación que tenemos con papá siempre lo es.
Querida Ana, cuando termines de leer este libro querrás averiguar más de tu papá. Me pregunto ¿tendrás el valor de hacerlo?
Pd. En la foto de este post mi padre tiene la edad que tengo hoy. La elegí porque me di cuenta, investigando entre sus fotos antiguas, que a mi edad él ya tenía una familia a la cual responder con amor, estabilidad, respeto y educación. La distancia que me separa del hombre de 32 años de la foto es muy grande. Genera en mí, ahora, una tensión, una incomodidad, pero también mucho amor. Es mi interpretación de lo que sientes cuando te lanzas a conocer un poco más sobre papá.
Hoy te escribiré de algo que tenemos en común, el gusto por los libros. He de confesar que estas semanas no he encontrado el espacio necesario para leer, como lo hacía cuando usaba mucho más el transporte público, aquellos días en que casi no me molestaba estar atorado en una avenida, ya que eso significaba más tiempo para avanzar las páginas del libro de turno. Pero estoy seguro que pronto retomaré las páginas y no las soltaré hasta acabar todas las letritas de uno, dos, tres, los que la vida me dé tiempo de leer.
Hace ya un par de años, en el proceso de resolver un brief que tenía que ver con el uso del libro vs el uso de los medios digitales, me puse a pensar en lo increíble que son los libros, no solo por su contenido, sino también por el invento en sí mismo.
El objeto como tal, con el formato de hojas pegadas una a otra tiene cientos de años, desde la edad media incluso, donde los libros se copiaban a mano por los monjes (curioso decirles copia, porque en verdad cada libro era un objeto único ¿no?). Fue así que las primeras bibliotecas estaban en iglesias, monasterios y supongo que en la casa de los nobles más acaudalados. El lujo que debe haber significado tener un libro en la casa, un objeto del cual regodearte al recibir visitas de amigos…
– ¡Assuuu! ¿y ese libro? ¿cuánto te costó?
– Sí bueno, para qué te voy a negar que fue un montón de plata…y oro, pero un día me levanté y dije, ya estoy en edad de tener un libro, mis esclavos se rompen el lomo trabajando día y noche, cómo no me voy a dar un gusto ¡la vida es ahora caramba!
– Sí de todas maneras, oye pero en serio está precioso. Este es el modelo que ya viene con cinta separadora de hojas incluida ¿no?
– Obvio, edición 1217, todavía la tinta ni se seca, así que de lejitos nomás.
Luego ya con la imprenta del señor Johannes Gutenberg el libro deja de ser un objeto solo para algunos privilegiados y pasa a ser más accesible, se masifica y su presencia se da por sentada en una casa, es casi un adorno más. Y con el tiempo se ha vuelto un objeto, muchas veces, subvalorado. Si te roban, el ladrón te deja tu DNI y tus libros. Nadie te ve en la calle con un libro y piensa…“este tipo tiene plata”, tú no ves a un muchacho por la calle leyendo y piensas…“qué tarado este chibolo, mira cómo se arriesga a que lo roben, quién anda con un libro así en plena calle, ahorita lo asaltan”… eso no pasa por tu mente.
El libro está subvalorado por muchas personas, cuando en verdad hoy, en los tiempos smart en que vivimos, donde nos levanta la alarma del celular y lo último que vemos antes de dormir es la pantalla del celular, es precisamente cuando el libro toma nuevos valores.
Piénsalo, si entras a un banco con un libro y te pones a leer mientras esperas tu turno, nadie te va a decir nada. No va a venir el vigilante a advertirte…
– Disculpe caballero, no puede leer su libro aquí, tiene que salir, por favor.
Punto para el libro.
Los libros no necesitan wifi. Te puedes ir a cualquier restaurante tranquilo sin tener que preguntar a la mesera…
– Disculpe señorita, ¿cuál es la clave del wifi? quiero leer un capítulo…ok, ¿todo en bajas?, ya listo ¡gracias!
Los libros no necesitan cargador. No tienes que molestar a nadie de la chamba para leer tu libro…
– Hola, ¿tienes cargador para novelas históricas?
– No, el mío es para comedias, creo que en contabilidad he visto uno.
– ¡Gente! ¿alguien tiene cargador para novelas históricas?
– Yo tengo para libros de autoayuda, no sé si le hará a tu libro.
– No, me da miedo ¿y si lo malogro? olvidé el mío en casa, son muy chéveres estos libros, pero la batería no te dura nada.
Los libros son guerreros, les puede caer agua, los puedes pisar, tirarlos de la mesa, por las escaleras (pero no lo hagas por favor) y aún así siguen siendo útiles…
– ¡Ay mierda! le cayó agua a mi libro.
– ¡Mételo en una bolsa de arroz, al toque!
Nadie va al servicio técnico de libros para llevarse una ingrata sorpresa…
– Hola qué tal ¿arreglan tapas de libros como este? Mira, mi sobrino lo tiró al piso y se ha rajado la parte de arriba de la tapa.
– Mmm, hay que cambiar toda la tapa, pero no tengo repuesto todavía para este modelo, tenemos para el anterior, en un par de semanas viene y calculo que te va a salir 400 soles más o menos.
– ¡¿400?! ¡mejor me compro un libro nuevo!
Un libro es valioso en sí mismo, no necesitas otra cosa más para disfrutarlo, no tienes que comprarle fundas protectoras, micas, audífonos inalámbricos o cargadores especiales. Una vez que lo compras no tienes que hacer otro pago. No necesitas pagar la versión premium para que no te salga publicidad. En los aviones no te piden que cierres tu libro en el despegue o el aterrizaje. Si te olvidas tu libro en la casa, no es el fin del mundo, te va a esperar tal cual lo dejaste, donde lo dejaste, no te va a dar miedo que tu hijito lo tire al piso, que tus sobrinos le descarguen apps sin tu permiso. No tienes que actualizarlo y si te lo roban no tienes que llamar a nadie para bloquearlo, lo publicarías quizá “hoy un choro culto, me robó un libro, de esos choros ya no hay”.
Ahora, hay algunas cosas que creo los libros podrían envidiar a los smartphones. Sería genial que un día entres a un ascensor y nadie se hable entre sí por estar pegados a un libro. O que tu hijo pequeño te pida con berrinches un libro para estar tranquilo…
– ¡Ya, ya, toma, lee y no molestes!
Que las abuelas nos miren y digan…”mira, andan como zombies en la calle, pegados a sus libros, sin levantar la mirada, en mis tiempos eso no pasaba”…sería tan genial que la gente haga colas en las librerías esperando la nueva novela de su autor favorito durante toda la noche.
No creo que sea imposible vivir un mundo donde los libros sean valorados tan o más que un smartphone, para construirlo, solo necesitamos leer…más libros.
Querida Ana, hace mucho tiempo que no te escribía, supongo que inventarte excusas es usar palabras en vano, mejor las uso para enseñarte el nuevo cuento que se me ocurrió. Espero sea de tu agrado.
Siempre entro a su habitación con algo de expectación, ahora con qué me vendrá a salir, pienso, con qué anécdota, historia, chiste o melancolía, es una ruleta, más bien una montaña rusa, con subidas y bajadas emocionales, tan comunes en personas de su edad. Podríamos decir que entrar a su habitación es una Tinka, como la lotería de aquellos años en los que era joven, según dice él, nunca sabes lo que puede pasar.
Me sé su reacción de memoria al verme. Primero se sorprende de que alguien interrumpa su privacidad, luego su rostro queda extasiado al ver de quién se trata. Sonríe, como lo dejan sus fuerzas, usa cada músculo de su cuerpo para demostrar su alegría, sube las manos, mueve los pies. Nietecita, nietecita, mi nietecita está aquí dice con una voz grave al inicio de cada palabra y suave al final.
Siguiente paso, un abrazo débil, un beso en la mejilla lento, como si quisiera que nunca se acabe, un beso que dice mucho, que pesa, como si tratase de transmitir en él todos los que ha dado en su vida. El beso más sincero que me han dado, por cierto. Siguiente paso, arreglar un poco su cuarto mientras muy atenta escucho la historia de hoy.
¿Ya te conté de aquella vez en que me enamoré de una doctora?…pues no, todavía no…bueno pues, me pasó, te voy a ser sincero, no recuerdo su nombre, lo debo tener anotado en alguna foto subida en algún lado, en algún lado debe estar publicada nuestra foto, ya te la enseñaré… ¿flechazo a primera vista?…no, eso no existe pues, esas niñerías no las creí nunca, bueno un poquito sí, pero no fue de golpe, poco a poco fuimos saliendo y la verdad a mí me gustaba casi todo lo que iba conociendo de ella…¿fueron novios?…no, solo salíamos, te voy a explicar, en esa época salir con alguien era un punto medio, un punto entre ser pareja y ser amigos…¿así? A ver explícame…salir con alguien significaba que podían besarse, pero no celarse, podías dejarla en su casa luego de una cita, pero no entrar para conocer a su familia ¿entiendes?…ay, eso hasta ahora pasa, solo que lo llamamos de otra manera…bueno, salimos unos meses y lo curioso es que estábamos en otra ¿ya te expliqué qué significa estar en otra?…sí, eso sí, eran distintos…sí, muy distintos, en gustos, en plata, era de plata la chica, en prioridades, en todo…y por eso se terminó, supongo…eso era lo bonito, no sé qué hacíamos bien, pero todo encajaba, fluía, así le decíamos, todo fluía…¿y por qué no se casaron?…uno no elige de quién se enamora, pero puede elegir qué hacer al respecto y no hicimos mucho, así de simple, nos quedamos a medias, tontos ¿no?, ¿me pregunto qué habría sido si…ya ya, no empiece a ponerse triste, ¿te prendo la tele?…me pregunto, qué será de la doctora, tampoco es que me muriera por casarme ah, en esa época la moda era viajar, ser independiente, disfrutar la juventud, sobre todo eso, disfrutar tu juventud plenamente, millennials nos decían, pensábamos más en cuál sería nuestro próximo viaje, nuestra próxima aventura, a pensar en hijos, matrimonio, hipotecas y ahorros ¿ahorros? no era nuestra palabra favorita, mis amigas no soñaban con casarse, o un marido, qué divertida esa palabra, mi mamá decía “mi marido” refiriéndose a mi papá cuando hablaba con gente extraña, muy rara esa palabra, pero así era en aquella época, carros, casa, no nos gustaba sentirnos amarrados a algo durante tantos años, y éramos felices, recolectando cosas que no son cosas y siempr…bueno, está listo tu cuarto, regreso mañana ¿si? Te prendo la tele, cualquier cosa presionas el botón y alguien va a venir rápido, ya sabes…ya, mi amor ¿cuándo vas a venir?…mmm, mañana descanso, vengo el lunes ¿está bien?, te portas bien, ¿lo prometes?…sí, lo prometo, lo prometo, dame un beso antes de irte…está bien.
Último paso, salir de su cuarto despacio y cerrar la puerta. La historia de la doctora ya la había oído antes, esta vez no recordó el nombre de la chica. Uno de estos días le preguntaré qué pasó realmente con ella, y de paso le preguntaré por qué nunca se casó ni tuvo hijos.
Pero eso será el lunes, cuando vuelva a estar de turno.