
Querida Ana, tengo una emoción en mi interior y quiero (necesito) sacarla para sentirme más ligero y poder cargar esas otras cosas que tengo sobre mí. Es por eso que te escribo después de tanto tiempo.
Mucho de lo que hacemos en nuestro camino duele, pero eso no siempre nos impide avanzar.
Hoy vi a unos maratonistas desde muy temprano, y por voluntad propia, enfrentarse al asfalto, al frío, al viento, la sed y sí, al dolor. Al correr hacemos que nuestro cuerpo trabaje de manera fuera de lo común, segregamos ácido láctico, quemamos glucosa, nuestra capacidad pulmonar se pone a prueba, nuestro cuerpo intenta ser lo más eficiente posible para trabajar y mantenernos de pie, pero todo ese esfuerzo nos cansa, nos debilita y el dolor crece en intensidad con cada paso. Este proceso lo vive tanto el primer puesto de la maratón como quien llega en el último lugar.
No quiero romantizar sentir dolor, es solo una consecuencia natural que aparece y aparecerá muchas veces en nuestro camino. A veces duele dejar un trabajo en el que te iba bien por uno mejor, vivir en otro país por un proyecto a largo plazo puede doler en el momento que extrañas a tu familia y amigos, incluso bailar horas y horas puede dejarte con los pies muy adoloridos.
El dolor siempre es una sensación desagradable, pero a veces ese cambio de trabajo te trae un crecimiento profesional y unas metas que no sabías que eras capaz de cumplir, vivir fuera te llena mucho por dentro, te hace más fuerte y abre tu mundo y tu corazón a nuevas personas y experiencias que quizá cerca a tu casa no podías alcanzar y el dolor de tus pies es lo último que recuerdas después de vivir una gran noche de baile.
El dolor también ha estado en los momentos más felices de nuestras vidas.
Escribo esto con un poco de dolor también, recordando las veces que me ha dolido mucho crecer, salir, decir sí y decir no. El dolor nubla nuestra perspectiva y, lamentablemente, nos es difícil recordar que no siempre estará ahí, que es tan inevitable como pasajero.
El amor duele también. Mucho.
Pero no por eso dejamos de amar una vez y otra vez, no siempre en la misma forma, no siempre con la misma intensidad porque es imposible que sea así. No podemos amar igual porque nunca somos la misma persona, porque cambiamos, porque nuestro contexto cambia. Lo que no suele cambiar es esa decisión racional que tomamos para volver a emocionarnos con esa tormenta que es el amor, esa montaña rusa, ese laberinto y ese mar que puede ser el amor, siempre volvemos a amar.
El amor duele cuando hay miedo, cuando hay una pelea, cuando hay rechazo, cuando las expectativas no son cubiertas, cuando una conversación nos trae información que no queríamos escuchar, amar duele cuando extrañas, cuando tienes que despedirte de quien te alegró la tarde, la noche, el día, hay un poco de dolor cuando ves que esa persona está triste, seas o no tú el responsable de su tristeza. Sentimos un micro dolor cuando no llega ese mensaje de respuesta en su chat, pero se acaba mágicamente cuando te dicen “hola”. El dolor está ahí en muchas formas, así como el amor toma la forma del recipiente en que lo puedes contener. Un abrazo, un mensaje, un gesto de atención, una carta, un audio de WhatsApp preguntándote si llegaste bien a casa, el amor y el dolor son parte de esta maravillosa experiencia y regalo divino que significa vivir.
Pero no me malinterpretes, el dolor es una consecuencia inevitable, no un anhelo, al menos, no debería serlo. Sentirlo es importante, pero no debe ser tan importante en tu vida, no puede ser acumulable, no debe ser apreciado o minimizado. Incluso el mejor maratonista sabe reconocer ese dolor que ha superado sus límites y cuando eso pasa, decide parar, detenerse hacer una pausa y seguir otro día. Es normal que el dolor nos haga difícil avanzar, pero no debería hacernos retroceder.
No tenía planeado escribirte hoy, querida Ana, pero tenía este micro dolor que quería compartir contigo, me he permitido sentirlo y dejarlo en esta nueva carta. Espero no te preocupes por mí, pronto estaré mejor, pronto podré ver bien y en perspectiva qué me enseñará este dolor, por qué está aquí y qué debo hacer. Hoy sé que quiero escribirte.
Sí, el amor duele, pero no tiene nada de malo. Lo malo es evitar amar por temor a que nos duela. Qué desperdicio de vida sería no volver a amar una y otra y otra vez.