
Querida Ana,
Hace mucho que no te escribo, a este punto las disculpas son innecesarias y vacías, pero, como suelo hacerlo, déjame concentrarme en lo positivo de mi ausencia. Este tiempo de vacío sirvió para darle mayor perspectiva a lo que te voy a contar, es que cuando le das tiempo a ciertas cosas puedes apreciarlas, analizarlas y compartirlas con mayor calidad valorativa y con mejores conclusiones. De eso se trata esta carta, de algo que creí haber visto o conocido, pero que en las últimas semanas ha dado un vuelco en mi cabeza y en mi corazón como no creí que pasaría. Déjame que te hable del amor.
Pero, para eso debo contarte de alguien en mi vida de quien nunca te he hablado: Quisifur. Era más que un perrito, era uno de mis mejores amigos de la infancia. A los 7 años, compartí casa con el Quisi, como le decíamos, en verdad era de mi tía Zuly, pero su cariño, juegos y travesuras no tenía fronteras así que se paseaba por toda la casa, por todos los cuartos como dueño de todo lo que tocaba, entre esas cosas, mi corazón.
Quisi no tenía pedigree, no era de raza cara, no era siquiera muy grande, era pequeño, algo ñato, con patas cortas, pero muy veloz, su color negro corría por el pasillo que unía toda la casa a una velocidad increíble. Además, tenía muchos talentos, ladraba de sentir extraños cerca y también era un cazador y es que en mi casa cada cierto tiempo nos visitaban roedores. Yo vivo a una cuadra del río Rímac y estos roedores no son como los que ves en la tele o películas, eran animales acostumbrados a arriesgar su vida en la ciudad por un poco de comida, agresivos y muy, muy grandes. Pero no tan grandes como la valentía de Quisi que los olfateaba y les daba caza, a veces los ahuyentaba lo suficiente para no volver a saber de ellos en mucho tiempo, a veces los alcanzaba y, bueno, nadie volvía a saber de ellos nunca.
Quisifur fue el perro de la casa, pero también mi amigo. Siempre lo veía en mi camino hacia la puerta principal de la casa, antes de ir al colegio lo saludaba, y al regresar jugaba con él, siempre se alegraba de verme. Cogía una tela y él la mordía por el otro lado y no la soltaba, nunca me mordió, pero ese juego entre nosotros era un clásico. Renegaba un montón, Quisi era muy renegón, pero ninguno cedía, hasta que yo me rendía porque no quería lastimar a Quisi, siempre ganador, me miraba orgulloso, pero luego soltaba el trapo y me lamía la cara, muestra de cariño por el que mi papá siempre me reprendía. Los gérmenes, bacterias, bla bla bla, me decía. Nunca me enfermé por Quisi, todo lo contrario, me dio energía, sonrisas, alegría y eso me hizo mucho bien.
Quisi no solo era un dormilón, juguetón y cazador, también era muy independiente. Debo advertirte, Ana, en este momento mi carta no será nada agradable. Escribo con los ojos brillosos y temblando, ahora sabrás por qué. De vez en cuando, Quisi decidía salir de la casa y pasear por el barrio. Nosotros sabíamos que en algún punto iba a volver, a veces pasaban un par de días y Quisi regresaba rascando la puerta como si nada para que lo dejáramos entrar. Familia, ya vine, parecía decirnos. A veces venía muy cochino, a veces venía herido, prueba de peleas con otros perros. Pero siempre regresaba a casa, conmigo. Siempre.
Una vez viajé con mi familia a Huaral para visitar a mis abuelos. Al regreso, no caí en cuenta de que Quisi no estaba, era de noche, así que fui directamente a mi cuarto. Al día siguiente tampoco lo vi, pero asumí que estaba en una de sus aventuras. Pasaron los días y empecé a sentir la ausencia de Quisifur. Su trapo estaba ahí, pero nadie hablaba de él, nadie preguntaba por él, nadie me dijo nada. Así que yo pregunté.
Le pregunté a mi abuelo por Quisi, papá, hace tiempo que Quisi no viene ¿no? Mi abuelo sorprendido y algo serio y estricto me dijo, ¿no te han dicho? Quisi se ha muerto.
Me quedé callado, ¿qué podría decir? Solo tuve energía para caminar hacia mi cuarto, entrar y decirle a mi familia, como si estuviera dando una noticia que nadie sabe, al menos eso pensé, mamá, el Quisi se ha muerto. Inmediatamente empecé a llorar. Tenía 7 años, pero creo que nunca he llorado tanto en mi vida y cuando recuerdo ese momento lo vuelvo a hacer, incluso cuando te escribo estas palabras, estoy llorando pensando en mi Quisifur. Me eché en la cama y mi cuerpo no daba para otra cosa que no sea llorar, mi dolor era el dolor más grande de todos, no sentía nada más que una presión en mi pecho, una desorientación total. Pensaba en que no volvería a ver a mi perrito, que no volvería a jugar con él, que no sentiría sus caricias y su lengua tocando mi cara. Me dolía todo, lo bueno, lo malo de él, me dolía darme cuenta de que no pude despedirme de él, que solo me fui y lo dejé y no estuve ahí cuando se fue al cielo, perdóname Quisi, te extraño mucho, perdóname por no estar contigo para abrazarte y dejarte ir.
Mi tía Zuly entró a mi cuarto y descubrí que todos sabían, pero nadie podía encontrar las palabras para contarme de la partida de Quisi, mi tía me abrazó me dijo que Quisi estaba descansando y que fuera fuerte, que él me quería mucho y que no debería llorar por él, sino recordarlo con alegría. Pero nada de lo que pudiera oír en ese momento habría podido detener mi corazón roto latiendo muy fuerte. Quisifur se había ido para siempre y no había nada que pudiera hacer. No recuerdo cuánto tiempo lloré, pero vi la noche llegar.
A los 7 años tuve mi primer contacto cercano con la muerte, la pérdida, el dolor de dejar ir a alguien que amé mucho. Tengo 38 y aún la herida me duele, pero te soy sincero Ana, no quiero que se sane. No quiero sentir si quiera que voy a dejar ir a Quisi de mi corazón, lo recuerdo también con alegría, no pienses que solo lloro cuando pienso en él, recuerdo su velocidad y su capacidad para hacer renegar a mi papá, recuerdo que tuve un perrito que me amó tanto como yo y recuerdo que el dolor está ahí para enseñarme, hacerme ver que el corazón puede sentir muchas cosas, algunas agradables, algunas dolorosas, pero con los años he aprendido que no podemos prohibirnos sentir, vivir es una colección de emociones nuevas, de experiencias irrepetibles, de momentos y personas que te traen lecciones y son la prueba de que has vivido bien.
Sé que esta carta iniciaba con la promesa de hablar del amor y creo haberlo hecho. Mi perrito Quisifur era la personificación de un amor infantil, sincero, auténtico, irrepetible, recíproco, incondicional y ahora infinito. Durante el tiempo que Quisi no está conmigo, he sentido muchas formas de amor, he pensado y tenido la certeza de sentir amor, de darlo y recibirlo, he visto en ese tiempo también que estuve equivocado cuando creí que era amor lo que sentí alguna que otra vez. Vi que el amor tiene etapas, que madura con el tiempo, aprendí que el amor termina, pero que no desaparece, sino que se transforma, dejé que el amor me hiciera daño y lo usé de excusa para lastimar también. Sentí el amor de una pareja, de mis padres, mis abuelos, mis amigos, gente que no merecía que le dé amor y gente a la que le debo mucho amor, pero que seguro lo recibieron de alguien más. Así es el amor, no tiene una sola forma, un estado, toma la forma del recipiente en el que está, como el agua, como el aire, como la sangre.
El amor es una emoción, pero también aprendí que podemos racionalizarla y decidir cuándo sentirla. Sí, muchas veces solo aparece, como una buena noticia que no te esperas, como si en el universo existiera la aleatoriedad, (no es así, todos pertenecemos a una gran sucesión, pero de eso hablaremos en otra carta), como encontrarse dinero en el pantalón, pero sea como sea, para sentir al amor en su totalidad, hay que tomar la decisión de dejarlo entrar. Una vez dentro, se puede quedar quieto o se puede mover hacia muchos lados, hacia arriba, hacia abajo, se te puede ir de las manos, es un ente que creemos que podremos controlar, pero en verdad nunca lo hacemos. El amor es contradicción, calma, fuerza, incertidumbre y certeza. Es maravilloso y grandioso, ingente, enorme, no es exageración decir que Dios es amor. Porque cuando de verdad sientes amor, tienes en un espacio tan pequeño como tu pecho, el poder que une muchas cosas en el universo.
Perdona si me excedí en frases cursis, trilladas y clichés, es lo que he visto del amor en mis 38 años, pero, en este punto quiero hablarte del verdadero motivo de esta carta.
Hace unas semanas, todo lo que creía del amor volvió a dar un vuelco, mis percepciones y certezas sobre una emoción que creí vivir en todas sus formas se puso patas arriba. La razón, un pequeño ser de 4 patas. Mi madre recibió un regalo al que llamamos Charqui, un cachorro que una vez que entró a la casa, se adueñó de ella, de mis padres, del espacio, de nuestras horas de sueño y de nuestros corazones y solo tuvo que acariciarnos, lamernos, alegrarse y mover el cuerpo de un lado a otro al vernos. 38 años después, estoy sintiendo un amor como nunca antes había sentido, pero no solo en mi pecho, sino proveniente del rostro de Charqui, es increíble, Ana, cuando Charqui nos ve llegar o salir del cuarto al despertar, su emoción es inmensa, no entra en su pequeño cuerpo la alegría de volver a saber de nosotros, de vernos, olernos y sentirnos. No, no sé nada del amor. Pero eso no es necesariamente malo.
Así es, me alegra mucho la presencia de Charqui, no por la alegría que ha insertado en nuestras vidas y su amor, sino porque precisamente me ha enseñado algo nuevo, me ha recordado que la vida es un camino sin final, sin meta, sin examen, solo es un camino lleno de experiencias a las que debemos abrir la puerta para dejarlas pasar y que nos cambien para bien o para mal. Le abrimos la puerta a Charqui y la experiencia en estas semanas ha sido impresionante y muy conmovedora.
No, Charqui no es Quisifur, nunca lo reemplazará, quizá nunca pueda curar la herida que significa el recuerdo de la pérdida de Quisi, pero esa no es su labor. Charqui es otra vida, es otra experiencia y será otra historia. No quiero nunca olvidar a Quisi, no quiero que mi dolor se vaya. Pero ese dolor no dejará nunca que dé todo lo que pueda dar para amar a Charqui como él se lo merece. Durante los 30 años que pasaron desde Quisi, no volvimos a tener perro ni gato. Yo nunca pude conectarme realmente con otro animal, debo admitir que siempre tenía en mi corazón el dolor de Quisi y lo usé como excusa para no abrir mi pecho hacia patitas, hocicos o bigotes, supongo que dejé que el dolor me utilizara o yo lo utilicé para no dejarme sentir, no lo sé. Solo sé que ahora la tristeza del recuerdo no será una barrera, esa herida no se ha curado, sé que estará ahí esperándome para volver a bajonearme, pero ahora yo decido cuándo ir o no a ese dolor.
Charqui no es Quisifur y el amor que siento por ellos es distinto, no es comparable, en ningún sentido. Son amores en distintos momentos distintos de mi vida, con mil experiencias vividas entre uno y otro. Aún lloro y sonrío por Quisi y lo haré siempre, pero también sonrío mucho y soy muy feliz con Charqui y lo haré siempre. Sé que es un perro que en algún momento me dejará, quizá nunca esté listo para dejarlo ir. Pero eso no depende de mí y si no depende de mí ¿para qué agobiarme? Cuando en cambio puedo usar mi energía para jugar con Charqui, darle su comida, limpiar su suciedad, abrazarlo, tomarle fotos, pasear y muchas experiencias que están por venir y que seguro no tengo ni idea, es una aventura más en mi vida.
Querida Ana, espero haber cubierto, resarcido y justificado mi ausencia, espero que te haya alegrado la noticia del nuevo miembro de mi familia. Titulé esta carta “El amor” y creo que el contenido que te puedo dar, mi aprendizaje, mi conclusión, es que, en verdad, nunca sabré qué es el amor, qué forma tiene, qué me hará sentir, qué tamaño, qué alegrías o qué dolores experimentaré por el amor. Creo que ese es su regalo más bonito y creo que es su principal característica y peculiaridad, el amor es indescriptible, intangible y, sin embargo, sabes exactamente cuando está ahí.
Hasta tiene sonido, por ejemplo, ladridos.