
Querida Ana, el mundo está de cabeza, o quizá solo se está re acomodando como suele hacerlo de vez en cuando. Hoy quisiera contarte de una de las experiencias que más extraño de ese viejo mundo que nos dejó y que estoy seguro no volverá. Tomar una cerveza en un bar.
Extraño tanto sentarme en la mesa de un bar, pedir una cerveza y dar ese primer y único sorbo, y entiéndase único en el sentido que solo quien se ha dejado llevar por un vaso de cerveza entiende.
Lo único es aquello que no tiene comparación, que no se repite, que no existe en otro lado. Y el primer sorbo de una cerveza es eso (y mucho más), puede haber otros sorbos, puede haber cientos de ocasiones, llegarán otras cervezas, tantas como tu cuerpo lo resista, tantas como el doctor lo apruebe, tanto como el corazón necesite, pero ese primer sorbo helado, el primer contacto con la espuma es un beso suave que nunca más volverá a pasar, porque ese segundo nunca regresa.
Beber una cerveza helada es un regalo que le haces a tu cuerpo, un regalo que te recorre al ritmo justo y necesario. Puedo sonar exagerado, cursi (¿alcohólico?) y cliché, pero no me importa, estoy sobrio y esto es lo más sincero que puedo ser estando sobrio. Denme una cerveza y es probable que pueda expresarme mejor.
Extraño sentarme en un bar, solo o con amigos, y revivir los códigos y rituales sociales que he aprendido luego de tantos litros de cerveza y 9 años como fan de la mejor invención egipcia. Era divertido ver cómo algunos intentaban reafirmar su masculinidad con una bebida que durará solo unas horas en su cuerpo, los que aseguran que nunca se emborrachan, los que creen que se sirve sin espuma, los expertos que inclinan el vaso y te recuerdan lo importante del ritual, porque así demuestran públicamente que están adelante en una ficticia carrera cervecera. Yo los dejo ser, también he sido ellos, también he querido impresionar a alguien con datos, tips, historias que aprendí en mis años viendo marcas de cerveza, en mis visitas a bares, en mis viajes, también he usado a la cerveza como una herramienta de autoestima. Gracias, querida amiga.
Alrededor de una cerveza aprendí que el tiempo también tiene un ritmo único, con intervalos marcados desde que te sirves hasta el momento del último sorbo, un intervalo de tiempo que no siempre es el mismo, depende de muchos factores, cantidad de líquido, evidentemente, pero también, la compañía. Las conversaciones aburridas acaban las cervezas rápidamente, y el único peligro de las buenas conversaciones es que la chela se caliente. Depende también dónde estés, una cerveza de bar no se bebe igual que una cerveza donde además hay baile. Por eso extraño tanto Eka, en una misma noche podía saborear una chela, compartir con alguien, bailar con un vaso en la mano y tomar de pico, sin necesariamente dejar de bailar. Extraño tanto ir a mi bar y pedir una cerveza helada.
No todo es bonito alrededor de una cerveza, pero no me mal interpretes, ella no tiene la culpa de nada, la cerveza no embriaga a las personas, las personas se embriagan solas. Recuerdo mis primeras noches/madrugadas de alcohol, empecé a una edad tardía para el promedio. Mientras mis amigos empezaron a los 15 años, a esa edad yo me levantaba temprano para practicar ciclismo. Recién cuando cumplí los 26 tomé la maravillosa decisión de darle cabida al alcohol en mi vida. Una decisión de la que nunca me arrepentiré, pero que curiosamente trajo consigo algunas sensaciones de arrepentimiento. Y es que cuando viví la experiencia de beber con amigos, de tomar hasta que no sabes bien qué pasa, de beber hasta que todo se ve inocuo, cuando entendí que había dejado pasar tantas experiencias, como embriagarme en la universidad, admito que me sentí muy mal conmigo mismo. Maldita sea, debí beber desde antes, pensé. Felizmente, esa sensación no duró mucho, todo llega en el momento correcto. El alcohol me ha enseñado eso también. Ahora quiero ver esos años de sobriedad como algo positivo, en relación a mis amigos, mi hígado es más joven.
Para mí, la cerveza muchas veces fue un lubricante social. Y es que, aunque puede parecer que me es fácil relacionarme, es más cierto que mi círculo de amigos es cada vez menor. Salvo cuando hay alcohol. Recuerdo que, en el viejo mundo, cada semana conocía personas nuevas. Muchos sábados por la mañana despertaba con una dosis de aceptación social en forma de “XXX aceptó tu solicitud de amistad”. Y esto me lleva a otro gran capítulo de mi vida llamado, la cerveza y las chicas. Y aquí intentaré ser lo más cuidadoso posible para elegir mis palabras. Sería absurdo (y no quiero hacerlo) negar que el alcohol llenó ciertos vacíos, fue un catalizador de intenciones, y fue usado como puente entre un punto A y un “Hola, cómo estás” en B. Con un vaso de cerveza en las manos he pensado y dicho tantas cosas, como…no me iré de aquí hasta hablarle a esa chica. No te preocupes, yo te ayudo, me respondía la cerveza amablemente.
Es curioso cómo a veces luego de un último sorbo de cerveza llega un primer beso. Lo admito, me dejo caer en el abismo de quienes necesitaron alcohol para sentirse más valientes. No me da vergüenza decirlo, bueno, quizá sí, pero es porque estoy sobrio. Y sí, algunas veces (muy pocas), fui por una cerveza y regresé enamorado. He dejado que el alcohol me convenza de decir tantas cosas, a veces por mensajes de WhatsApp, otras en persona, cosas no siempre comprensibles, pero todas muy sinceras, y también he dejado que con la misma velocidad con la que daba sorbos, soltaba confesiones amorosas, y no me arrepiento, todo lo que dije fue en pleno uso de mis facultades emocionales. Pero que tire la primera botella al piso quien no ha tenido besos con sabor a cebada y espuma, que destape una chela caliente quien nunca depositó esperanzas en una botella de cerveza, esperanzas de que la otra persona esté pensando lo mismo, de que el espacio entre ambos desaparezca, de que esa otra persona te diga una de las frases más bonitas que se pueden oír de madrugada…¿te invito una chela? Muchas veces mi corazón ha quedado roto y muchas veces lo he curado con cerveza, y es que beber me ha enseñado que el músculo más fuerte es precisamente el corazón, pueden pisotearlo, romperlo, quebrarlo, lanzarlo a una pared mientras tú observas incrédulo, pero luego, lo recoges, lo limpias un poco y sigues, y luego de una cantidad determinada de alcohol, está ahí, el estúpido, está listo para seguir latiendo y volver a intentarlo.
Pero, si tuviera que elegir qué extraño más de ir a tomar una cerveza a un bar, definitivamente es la incertidumbre. Y no tiene nada que ver con la que vivimos estos meses. Me refiero al traje más hermoso que puede usar la incertidumbre, el no saber qué seguirá al final del vaso que tengo entre manos. Porque a medida que el vaso se hace más ligero, se acercan nuevas cervezas y con ellas, nuevas decisiones que tomar ¿qué sigue? ¿a dónde vamos Cris? ¿a dónde irás? ¿dónde hay otros planes? ¿quién te ha escrito? ¿a quién quieres escribir? ¿a quién le escribes finalmente? ¿Comemos algo? ¿vamos al bar de Tatty? ¿Botika? ¿Sargento? ¿Tizón? O quizá la noche te ha envalentonado lo suficiente para ir al centro ¿Vichama? ¿Kong? Amo la cerveza, pero lo que más amo de ella no entra en una botella o un vaso, siempre que iba a un bar por una cerveza helada, no iba por la cerveza, iba por todas las posibles historias que podría contar al día siguiente, para mí, tomar una cerveza siempre ha sido un micro acto de valentía. La cerveza a mí me sabe a aventura.
Extraño ir a un bar y tomar una cerveza helada, porque cada vez que tomaba una cerveza, dejaba que la vida me tomara a mí.