
Querida Ana,
Ha pasado mucho desde que te escribí y me han pasado muchas cosas que no podría contarte todo en una sola carta. Quizá debería hacer un plan de misivas mensualmente, pero no sé si eso funcione. Me da miedo obligarme a escribirte. Así que seguiré fiel a lo que me ha motivado siempre para hacerlo: sentir que tengo algo interesante que decir. Quisiera poder darte no solo buenas historias, sino, sobre todo, reflexiones para que las analices y hagas de ellas lo que desees. Esta vez quiero compartir contigo una idea que me invade desde hace unos años, pero que se viene asentando más y más en mi cabeza, y sobre todo en mi corazón: el valor del dinero.
A donde sea que mires, encontrarás objetos valiosos. Si estás leyendo esto desde tu celular, tablet o compu tienes la primera prueba de lo que digo. El valor del objeto que tienes en tu mano en este momento se mide de muchas maneras, puedes decir que es valioso porque es muy costoso, es decir, se necesitó mucho dinero para obtener ese producto. Ese es el valor monetario del objeto. Esto tiene que ver con la función del dinero llamada “unidad de cuenta”. Cuando ves el precio de un celular en una tienda, ese monto te dice cuánto dinero necesitas para adquirirlo, así no es necesario poner en la etiqueta que el celular cuesta como 400 jeans o 500 mochilas, etc. El costo de un celular no es algo personal, puedes decir que lo compras porque es muy moderno y amas la tecnología, pero no por eso necesitarás pagar más que otra persona que por otro lado ve en él estatus social u otra persona que solo ve una herramienta de trabajo. Sea cual fueran las motivaciones para comprar el mismo celular, la tienda mantiene un precio definido por sus intereses comerciales. Es el mismo precio para quien quiera que desee comprarlo. Sí, estos intereses comerciales se definen también sobre emociones humanas, pero son emociones analizadas teniendo en cuenta grandes grupos de personas, no tanto motivaciones individuales.
Pero hay otras maneras de darle valor a tu celular. Un celular es valioso porque para obtener el dinero con el que lo pagaste, tuviste que trabajar varios meses. Y ahí entran muchos factores más y el tema se vuelve más complejo. Entra a tallar el tiempo que usaste de tu vida para obtener ese dinero, el tráfico que soportaste, el estrés, el calor, el cansancio (sobre todo si tu trabajo incluye actividades físicas) y hasta las experiencias que no pudiste realizar, (pero querías) porque estabas ocupado trabajando para obtener ese dinero. Sí querida Ana, los objetos no solo cuestan dinero, también cuestan tiempo, tiempo realizando una actividad determinada, y tiempo que no pudiste usar para realizar otra. La etiqueta de una blusa bien podría decir: esta blusa cuesta 2 semanas recibiendo regaños de tu jefe tóxico, este jean cuesta 5 días peleando en el tren eléctrico, este televisor cuesta que dejes de ir a la playa por 6 meses. Quizá suene deprimente, pero créeme, recién estoy empezando.
Digamos que tu celular cuesta S/ 3000. Otra función del dinero, y creo la más importante, es la de ser un “medio de cambio”, es decir, si tienes S/ 3000 en tu poder, tienes la capacidad de convertirlo en otros bienes o servicios. En este caso un celular. Pero, si nos quedamos en ese tipo de valor, perdemos de vista mucho de lo que realmente está detrás de esa posible transacción. Digamos que tu sueldo es de S/ 3000. Estamos hablando que una sola compra equivale a 30 días de tu vida realizando una misma tarea, sea cual fuera tu trabajo. Ahora, no puedes comprar un celular con todo tu sueldo, porque al mes requieres pagar otras cosas, como comida, transporte, créditos o compras anteriores, etc. Es decir, solo tienes dos opciones, pedir un préstamo o ahorrar una parte de tu sueldo para el futuro. Y ahí entra una tercera función del dinero “el depósito de valor”. Cualquiera que sea tu decisión, el dinero sirve como base de confianza en que en un futuro servirá para poder realizar las transacciones que desees. Así es Ana, (y acercándome al punto de esta carta), el dinero es un contenedor de fe. Sigue leyendo y entenderás por qué lo digo. Si ahorras S/ 500 por mes, confías (tienes fe) en que en 6 meses podrás comprar el celular que tanto quieres. Y si te pides un crédito, confían, tanto el banco como tú, que durante el periodo establecido del crédito, el dinero que pagarás será suficiente para cubrir la deuda, más los intereses, obviamente.
Hasta aquí, te invito a hacer un poco de matemática emocional y pensemos en las siguientes equivalencias:
1 celular = S/ 3000.
S/ 3000 = 30 días de trabajo.
30 días de trabajo = 180 horas en una oficina.
180 horas en una oficina = 180 horas menos (por ejemplo) para ir a la playa.
1 celular = 180 horas menos para sentir la brisa marina en tu rostro.
Ahora, digamos que ahorraste 6 meses para comprar el celular, en ese caso, todo lo anterior se multiplica por 6. Entonces ¿cuál es el valor de ese celular realmente? Puse de ejemplo ir a la playa, pero bien podría decir 180 horas menos para abrazar a tu hijo, 180 horas menos para enamorarte, para practicar tu hobbie, para tener relaciones sexuales, para ver a tus amigos, etc.
Es probable que hasta este punto estés cuestionando varios de mis argumentos, y ese es uno de mis objetivos cada vez que te escribo. Que uses lo que digo para que crear tu propia manera de ver el mundo. Puedes pensar que la vida no es matemática pura, que el dinero obtenido trabajando requiere dejar de hacer cosas que nos gustan, pero también nos permite hacer muchas otras. Pero no estoy cuestionando el dinero, cumple las 3 funciones que te mencioné muy bien. Lo que cuestiono es el lugar que tiene en la vida de muchas personas. Es decir, no puedo negar que tener dinero, en el sistema en el que vivimos, es algo ventajoso. En lo que no quiero creer, es en que el dinero es sinónimo de estar bien y que debemos de ponerlo por encima de muchas cosas que no se imprimen o que no se acuñan, pero son también muy valiosas, incluso mucho más.
No creo en la fórmula: S/ 3000 = ser feliz.
Ahora quiero hablarte de la foto que adjunto en esta carta. En ella podrás ver Dírhams, Dinares, Rupias, Soles, Shekels, Pesos, Reales, Libras Egipcias y Balboas. Son los billetes y monedas que no utilicé en los países que visité. Me puse a pensar un día cómo llegamos a vivir en un mundo donde el valor de muchas cosas puede estar concentrado en papel y en metales acuñados bajo presión. La historia del dinero empieza con conchas marinas y en otros lugares con granos de cacao, pero la idea de fondo es la misma. Un grupo de personas se puso de acuerdo en confiar en que ese objeto representaba algo más valioso que sí mismo. Ese es el llamado “valor fiduciario” del dinero, es decir, la confianza (o fe) que la sociedad se ha puesto de acuerdo en darle a un billete o a una moneda. El dinero en cada sociedad tiene un valor fiduciario distinto. Por eso manejan distintas monedas, billetes y criterios para darles valor. Si ese acuerdo no es respetado por todos los individuos, es decir, si las personas no creen en esa moneda, el sistema no puede mantenerse funcionalmente. Muchas crisis económicas fueron quiebres en la fe de las personas sobre el valor de la moneda.
Vuelve a ver la foto de los billetes y monedas.

Ya mencioné que cada uno responde a acuerdos sociales distintos. Pero también son una ventana de la cultura de cada sociedad. Diseñar una moneda es una oportunidad más para representar los códigos de una cultura. El dinero es una manifestación de lo que un pueblo desea, piensa y valora. Muchos billetes tienen detalles muy interesantes, parecieran contenedores de mensajes ocultos, historias nativas y de orgullo nacional. Muchos de ellos son pequeñas obras de arte que sirven para comprar arroz, papa y celulares. Pero, puestos sobre una mesa, me recuerdan a uno de los aprendizajes de mis viajes: los seres humanos tenemos muchísimos argumentos para sentirnos parte de una misma gran sociedad, para sentirnos ciudadanos del mundo, no de un país particular.
Porque no importa el color de los billetes, el diseño, los mensajes o los personajes nacionales inmortalizados en ellos. No importa si el billete es árabe, mexicano, panameño o peruano y no importa si quien lo carga es musulmán, ateo, cristiano o judío, todos comparten la misma fe, la fe en el dinero. El dinero es un dios en el que todos creemos, y en el que depositamos nuestros deseos, esperanzas y promesas de una vida mejor. Perdona el tono hereje de mis palabras, pero seguiré argumentando mi punto. Por un momento pregúntate ¿Qué puede tener de divino el dinero? Piensa un momento en el dios cristiano.
- Es una idea sin forma, pero que todos los creyentes coinciden en que existe. (Me incluyo).
- Obviamente tiene creyentes.
- Tiene templos físicos de adoración.
- Tiene rituales de fe.
- Tiene fechas especiales.
- Es una promesa de un mejor futuro (Juan 14:6).
(Solo mencionaré 6 para no hacer muy extensa esta carta)
Aunque sé que no es necesaria la comparación para que entiendas de lo que hablo, me gustaría hacerla.
- El valor del dinero, como te mencioné, es una idea sin forma, que todos sus creyentes comparten y motivan.
- Sin creyentes, el dinero no existe. (Ya nadie cree en los intis, la antigua moneda peruana, matamos a ese dios).
- La imagen que tenemos de la bolsa de valores, espacio físico donde un grupo de personas levantan la voz realizando transacciones intangibles, hablando en lenguajes económicos ¿no te remite a una iglesia llena de gente orando? In nomine patris et filii et spiritus sancti, transacción completa.
- Cada vez que adquieres un producto practicas rituales de fe en el dinero. Son rituales en los que no pensamos explícitamente, pero están ahí, como cuando regateas una carrera del taxi, cuando pagas con una tarjeta de débito y pones tu clave o cuando usas la tarjeta de crédito y sigues el ritual en voz alta “en x cuotas, por favor”, cuando sacas dinero de tu billetera bolso con cuidado de no tirarlo o de no hacerlo en lugares peligrosos, cuando miras si un billete es falso o no, cuando recibes tu sueldo y vas al banco a retirarlo. Rituales, modos y formas para interactuar con el dinero y que, como los rituales cristianos, pasan de generación a generación.
- El dinero tiene sus celebraciones y las esperamos con muchas ansias. Las semanas de ofertas, los descuentos, los cyber days, el black Friday, etc, etc. Es el momento en el que somos más conscientes de las transacciones que podemos realizar con el dinero, pero son fechas en las que no caemos en cuenta de que somos parte de una religión de papel y monedas.
- ¿Por qué nuestros padres velan por pagarnos una buena universidad? Porque esperan que el resultado sea una vida mejor, sobre la base de un buen trabajo y por ende, un buen sueldo. La cantidad de dinero que ellos imaginan a la que podremos acceder es la promesa de una vida mejor. Juan, padre de un chico de 14 años, pensando cómo pagar los próximos 6 años de universidad de su hijo. Juan, 14, 6.
Querida Ana, espero que esta carta no afecte negativamente la imagen que tienes de mí. No estoy en contra del sistema completamente (ni soy un hereje). Sé que pareciera que sí, pero como te mencioné al inicio, solo quería compartir contigo una reflexión y uno de mis temores. El dinero para mí no es tan importante como quizá debería serlo en esta etapa de mi vida. Muchos de mis amigos de mi edad tienen ingresos suficientes para confiar en un estilo de vida óptimo para los próximos años. Yo no. Pero no me agobia como sé que a muchas otras personas sí. El dinero no es una presión constante para mí. Puedo decir que (de alguna manera) he aprendido a que el dinero no sea un problema grave, no porque tenga mucho dinero, sino porque precisamente, nunca lo he tenido en abundancia, no sé lo que es tener capacidad adquisitiva grande. No sé lo que es poder comprar lo que quiera cuando quiera, o tener cosas muy costosas, nunca he vivido en una casa grande, ni he usado ropa cara, etc, etc. No he visto ese lado del dinero, pero luego de las experiencias que he tenido, no creo (y ese es mi acto de fe) que necesite verlo.
Creo en el dinero, soy uno de sus fieles, en este momento tengo dinero en el banco. Pero no soy un buen creyente. Digamos que tengo dudas de Dios, siento que cuando acudí a él me dio algunas respuestas inmediatas, pero me dejó con otras preguntas, cuestionamientos y emociones incompletas, no puedo acudir a él y sentir que todo estará bien. Soy un creyente que está triste, porque ve que mucha gente que sí es feliz, por un lado cuestiono su felicidad para sentirme tranquilo y por otro me cuestiono, porque quizá el equivocado sea yo. Siento presión de mi entorno para creer en Él, pero no quiero tomar decisiones bajo esa presión, me da miedo sentirme solo después, me da miedo seguir los rituales y que luego nazcan otros vacíos, y en esta fe, esos vacíos solo se llenan con más dinero. Creer en el Dios cristiano tiene una ventaja sobre el dios dinero. Cuando tienes dudas de tu fe puedes hablar con un representante de la iglesia, pero, si tienes dudas del dinero ¿un economista me puede dar consejos de fe? Orar siempre me acerca a Dios, quizá deba comprar más para acercarme al dinero y recuperar mi fe en él. No puedo negar que es una sensación agradable tener algo nuevo. Pero todo lo que compras es nuevo durante muy pocos segundos.
Querida Ana, espero que tu camino de fe no sea tan accidentado como el mío. Espero que seas libre para decidir cómo transitarlo. Deseo que siempre tengas dinero y en abundancia, pero aunque no sea así, te desearé siempre que sepas darle valor a las cosas que realmente llenan tu corazón. He aprendido que no existe banco en el mundo que pueda imprimir paz, calma, amor y amistad. No existe ningún banco de reserva que acuñe felicidad. Si un lunes en la mañana, quieres visitar la playa y sentir la brisa marina, deseo, con todo mi corazón, que lo hagas, así eso signifique perder dinero.
Hasta pronto.
Christopher.