
Querida Ana, te escribo sin ninguna excusa bajo el brazo, no intentaré cubrir mi ausencia con palabras vacías, con disculpas exageradas o con historias deprimentes buscando corregir lo que he hecho, o mejor dicho, lo que he dejado de hacer en más de un año: escribirte. No tengo disculpa convincente, lo sé, pero en la vida he aprendido algo importante, y es aprovechar lo que sí tengo, en vez de angustiarme por las carencias. Y tengo algo para ti, una gran historia, deja que te la cuente lo más breve que me sea posible. Espero puedas (y quieras) leerme hasta el final. Quiero contarte del aprendizaje que traje conmigo desde el otro lado del mundo, lo que pude traer en mi corazón luego de 28 días viajando por Asia.
Hace un poco más de un año, tomé una decisión importante: en qué convertir mis ahorros. Ahorrar es una actividad de las más pasivas que podemos realizar. ¿En verdad hacemos algo al momento de ahorrar? Cuando precisamente ahorrar significa no hacer algo con el dinero que tenemos entre manos. Es uno de los verbos más aburridos que se me pueden ocurrir, pero uno de los más importantes, según muchas personas inteligentes, empezando por mi madre. Ahorramos motivados por la incertidumbre que significa pensar en lo que sucederá en el futuro, los ahorros nos brindan una sensación de seguridad directamente proporcional con el monto ahorrado. Pero es nuestra vanidad como seres humanos lo que nos hace pensar que algún futuro puede ser previsible, es esa idea la que motiva colocar nuestro dinero en algún lugar que sentimos es seguro, acumularlo ahí, poner un centavo sobre otro para luego convertir todo en algo importante. Y ahí es donde empezó mi cuestionamiento para hacer uso de mis ahorros. ¿Qué es lo más importante que puedes hacer con el dinero?
El dinero ahorrado entre manos tenía un fin cuando coloqué el primer centavo en mi cuenta bancaria, iba a ser usado para pagar la Maestría en Integración e Innovación Educativa de las TIC que estoy por terminar en la Escuela de Posgrado de La Pontificia Universidad Católica del Perú. Y sí, te pongo el nombre completo para que oigas lo importante que suena, y en este momento de mi vida, es muy importante. Estoy llevando esta Maestría para tener posibilidades futuras (vanidoso yo en creer que el futuro puede ser previsible en algún grado). Durante un año coloqué en una misma cuenta gran parte de mi sueldo, fui meticuloso, responsable, constante y serio cada mes, casi casi un adulto con todas las letras y en mayúsculas, constancia que luego me permitió alcanzar la meta financiera de un año entero. Pero algo pasó en mi cabeza, o mejor dicho en mi corazón, que me hizo cambiar los planes radicalmente (¿o la vida me los cambió?).
¿Qué es lo más importante que puedes hacer con el dinero? Ahorrarlo es no hacer nada, ya que estás asumiendo muchas cosas que aún no pasan y nada te asegura que pasarán. Usarlo para comprar una casa es una de las primeras cosas que me vinieron a la mente, la voz de mi madre mencionando constantemente departamentos en venta y ofertas inmobiliarias se prendieron en mi cabeza. Pero eso significaba tener una responsabilidad financiera durante muchos años, aún no, me dije. Otro destino pertinente para el dinero es cancelar las responsabilidades financieras pendientes, deudas, créditos, tarjetas, préstamos, etc. Librarse de tal yugo es una de las actividades más placenteras que puede realizar una persona en estos tiempos de confianza exagerada en lo que está por venir. Pero no hice eso. Quizá debí seguir ahorrando hasta tener el doble o el triple, si mi perseverancia me llevó en solo un año a tener una cifra importante de dinero (importante para mí), imagina qué tan lejos me llevarían dos o tres años más en ese mismo camino. Y fue ahí donde me di cuenta de lo que debía hacer, eso precisamente, llegar lejos.
Fue entonces que tomé mis ahorros y no solo usé hasta el último centavo, sino que además pedí un préstamo al banco para usar el total en un viaje por 28 días a través de algunos países de Asia. ¿Por qué? Porque lo más importante que puedes hacer con el dinero es convertirlo en algo más valioso, y para mí, no hay nada más valioso que crecer como persona. Invierto en crecimiento personal, y los réditos no me han decepcionado hasta hoy. En los últimos años he usado mi dinero en activos intangibles, en experiencias que no se devalúan, que no caducan, que no están afectas a las caídas bursátiles más violentas, y que nadie te las puede quitar. Tomé el dinero entre mis manos y con una sonrisa en el rostro lo convertí en unos pasajes hacia el otro lado del mundo.
Ahora me corresponde intentar contarte lo que vi. Quisiera hablarte de los monumentos, las estructuras y los templos que visité, los colores brillantes, los olores indescriptibles, la comida que probé, lo que me entristeció, lo que me hizo llorar de emoción, los momentos en que tuve miedo, cuando me sentí perdido, pero también cuando me sentí muy seguro de que estaba en el lugar correcto, las personas que conocí, los idiomas que escuché, todos los que no entendí, los vuelos largos, los cortos, los aeropuertos gigantes, los aeropuertos con una sola sala de embarque, los cuartos de hotel en ciudades impresionantes, la lluvia, el calor del desierto, el cielo repleto de estrellas hasta donde mis ojos podían ver, los sonidos mágicos de música extraña, las plegarias a distintos dioses, el dulce desprendimiento que significa dejar ir varios prejuicios, el caminar por horas y sentirte con muchas más energías al final del día, el cometer nuevos errores, lo que toqué con mis manos, desde una pirámide, pasando por aguas de un río sagrado, y la textura del pan árabe. Pero no puedo resumir 28 días de viaje sin perder detalles importantes, querida Ana, debo admitir que en solo un año se han ido desvaneciendo muchas imágenes de mi cabeza, espero conservar todas las que pueda en lo que me queda de vida, pero sobre todo, espero conservar el gran aprendizaje del que te hablé al inicio de esta carta. Para llegar a eso te contaré brevemente mi travesía.

Mezquita Azul, Estambul – Turquía.
Luego de unas horas en Panamá, tomé un vuelo hacia Estambul, ex capital del imperio turco, antes conocida como Constantinopla, fue mi primer contacto cercano con el mundo árabe y desde que pisé el centro de la ciudad sabía que había llegado a un mundo nuevo, las mezquitas más grandes de Turquía, Hagia Sophia y La Mezquita Azul, me dieron una bienvenida hermosa, pero el primer momento intenso llegaría al escuchar el llamado a la oración a través de los parlantes colocados en las mezquitas, era un cántico con sensación de lamento, pero luego de buscar la traducción, entendí que eran palabras de agradecimiento, invitación y reflexión. Primer prejuicio destruido.

Piedra de la Unción – Iglesia del Santo Sepulcro – Jerusalén. Israel.
Tomé la maleta y seguí hacia otro destino muy importante para mí, Jerusalén. No puedo describir lo que sentí en la ciudad amurallada, el pecho se contrae, los ojos no son suficientes para observar lo que está frente a tus ojos, fui un manojo de emociones, me hubiese gustado que estés ahí conmigo, para que veas mi cara abrumada y poder observar la tuya. Estuve donde Jesús pasó sus últimos días, donde su mensaje alcanzó su punto máximo, donde nos regaló el sentido total de su vida y de su muerte. Yo creo que él siempre está contigo, donde sea que te encuentres, y ese día lo sentí conmigo, dándome nuevas lecciones entre las calles empedradas de Jerusalén.

El Tesoro, Petra – Jordania.
Mi siguiente destino fue Jordania, y es que el viaje tenía dos paradas cruciales, una de ellas era la ciudad abandonada de Petra, un misterioso complejo de estructuras talladas en la piedra de la montaña, tumbas, teatros, calles de piedra, camellos, acantilados y el desierto rojo de Jordania a 37 grados me rodearon aquel día. Caminé unas 9 horas seguidas dejando toda mi energía física, pero recibiendo mucho más a cambio. Regateé algunos recuerdos, hablé con desconocidos, bebí muchísima agua, aunque siempre tuve sed, ensucié mis zapatos y tomé cientos de fotografías. En un punto, mientras subía hacia una estructura llamada El Monasterio, me detuve a descansar en unas escaleras de piedra, estaba completamente solo, únicamente oía el viento, no habían turistas por lo menos a 500 metros o más. Me senté, tomé agua y me di cuenta de lo frágil que era en ese momento, sin nada alrededor más que un acantilado a un par de metros. Me sentí pequeño durante el viaje entero, pero ese fue un momento importante, lo suficiente para recordarlo un año después. No sé si fue el cansancio, quizá caí recién en cuenta en ese momento de que estaba al otro lado del mundo, a miles de kilómetros de las personas que más me importan en la vida, en el punto más lejos que he estado de mi casa, quizá me di cuenta de que puedo llegar a cualquier lugar que me proponga, no sé muy bien qué pasó, quizá simplemente me deshidraté, pero cuando me levanté de esas gradas era una persona más humilde, más consciente de que soy un punto de energía en un inmenso mundo aún desconocido para mí y que debo elegir bien mis certezas para lo que me resta de vida, no todas me harán bien, no todas son valiosas, debo de abrir mis pensamientos y dejar entrar todo lo que pueda, porque podría perderme de las mejores respuestas, los mejores caminos y las mejores lecciones. Mi mundo se hizo más grande en ese momento.

Pirámides de Giza – Egipto.
Seguí con el viaje. Mi primer día en el continente africano me recibió con mucho calor y algo de caos. La ciudad de El Cairo, mi siguiente destino, tiene una atmósfera algo densa, el tráfico es terrible, la ciudad tiene un color amarillento desgastado, y los vendedores te abordan con una vehemencia incontenible. Pero todo eso pasa a un segundo lugar cuando estás frente a las pirámides de Giza. Querida Ana, las pirámides fueron durante muchos siglos las estructuras más altas hechas por el hombre. No imagino lo que pudo sentir una persona del mundo antiguo al ver una pirámide por primera vez, pero estoy seguro de que en cierto grado, mi asombro al ver por primera vez las 3 pirámides se pareció mucho al de esa persona nacida miles de años atrás, y por un momento me sentí conectado con un mundo inexistente, pero que gracias a esas pirámides pude ver y tocar.

Mezquita Sheikh Zayed, Abu Dhabi – Emiratos Árabes.
No me podía detener, creo que no podré hacerlo nunca más, así que de golpe viajé del pasado hacia el futuro, todas las cosas que escuchas de Dubai son ciertas, la capital de negocios de esa parte del mundo es impresionante y es que cada ladrillo colocado ahí tiene como fin impresionar, la ciudad te muestra lo que el dinero puede construir, y sientes que no tiene límites, tanto así que su punto más alto toca el cielo y cruza las nubes. El Burj Khalifa, quizá sea lo más impresionante de todo Dubai, es una aguja de acero, concreto y vidrio que se eleva hasta donde ninguna otra estructura humana lo ha hecho antes. Por supuesto subí hasta casi lo más alto. El edificio es tan elevado, querida Ana, que el día dura unos minutos más en su punto más alto, ya que al girar la tierra la punta recibe los rayos del sol más tiempo que la base. Me quedé boquiabierto y con el cuello cansado de tanto mirar hacia arriba, el arquitecto lo había conseguido, diseñar no solo un edificio, sino un recuerdo imborrable para quien lo contemple. Debo contarte que en esta parte del viaje experimenté otro punto extremo en mi vida, la temperatura más calurosa que haya sentido, fui a Abu Dhabi y alcancé los 40 grados Celsius pero con sensación térmica de 44. Si el infierno es siquiera un grado más caluroso, me comprometo a portarme bien en lo que me queda de vida.

Taj Mahal, Agra – India.
Con mucho dinero menos encima, seguí mi ruta, esta vez hacia un país que se quedará en mis 5 sentidos para siempre: la India. Deseo con intensidad que visites alguna vez la India. Regálate esa experiencia que, te prometo, aclarará muchas de las dudas que tengas contigo en ese momento de tu vida, abrirá tu mente y podrás ver con claridad qué es valioso y qué no lo es. Descubrirás que creer puede ser tan importante como hacer, abrirás tu vida a la espiritualidad y hacia Dios, lo que sea que entiendas por esa palabra. Querida Ana, la India es un misterio que te permite ver la vida de manera más clara. Este fue el otro gran punto importante (en verdad todos fueron igual de importantes cuando estuve ahí) de mi itinerario. Fui en busca de una de las maravillas del mundo más hermosas que existen: el Taj Mahal, aunque ahora me gusta creer que él me buscó a mí. No todo lo que dicen los turistas es cierto, sobre todo con el Taj Mahal, porque no hacen mérito a lo que significa estar a unos metros de la tumba más hermosa del mundo, que paradójicamente te hace sentir realmente vivo. Es increíble lo que hicieron los antiguos indios con cientos de toneladas de mármol blanco y brillante. Es hermoso escuchar una historia de amor atípica mientras caminas por el piso del Taj, tocas la historia con tus propias manos, el complejo también incluye una mezquita, y es que la reina que descansa en el centro del Taj era árabe, es un complejo donde la muerte, el amor y Dios conviven, y es un buen lugar para reflexionar un poco sobre lo que significa Dios en tu vida con respecto al amor. ¿Acaso puedes entender un concepto sin el otro? ¿Cómo comprobar que amas a alguien realmente? No hay respuesta racional ni escala científica para señalar el grado de amor que tienes en el corazón, pero todos los que se han enamorado alguna vez saben que eso no importa, el amor es una manifestación emocional maravillosa y basta con sentirla para creer que está ahí, dándote paz, ofreciéndote bienestar y acelerando tu pecho y apaciguando tus preocupaciones cuando lo necesites. Lo mismo pasa con Dios. En la India estuve muy cerca no solo de una religión muy intensa, sino que vi tangibilizada la espiritualidad, en la gente, en su ropa, en los colores que colocan sobre su cuerpo, en los templos, en sus rituales de vida y de muerte.
Fue aquí, en este país que dejé para el final, donde abracé la lección más importante de toda la experiencia. Y una de las más importantes de mi vida hasta ahora.
Pude estar muy cerca de la religión católica, la musulmana, el judaísmo y el hinduismo, 4 de las religiones más grandes del mundo. Escuché el nombre de sus dioses, sentí la diferencia entre cada mensaje, en los rituales, en las palabras usadas, en los distintos idiomas, creencias y maneras de llegar al clímax espiritual. Muchos modos y maneras en cada una tratan de diferenciarse de las demás, estableciendo claramente su territorio espiritual, digamos, invitando a creer de una manera y no de otra, haciendo patentes sus límites y sus prohibiciones. Pero entre esas diferencias pude encontrar algo maravilloso que felizmente, gracias a que tuve los ojos abiertos, pude ver claramente.
En Jerusalén visité la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se cree que está la tumba de Jesús, es un complejo grande donde hay algunas otras reliquias, como la piedra de la unción, donde se preparó el cuerpo de Jesús para ser colocado en la tumba. Es una piedra plana, de unos dos metros de largo por uno de ancho. Está colocada en el piso, a un par de metros de la entrada principal, y es el primer impacto visual, ya que muchos creyentes se acuestan a su lado, la besan, se arrodillan colocando la frente sobre ella, incluso algunos lloran. Es una imagen potente que dice mucho del lugar donde te encuentras. Antes de salir de la iglesia pude ver a una señora vestida completamente de blanco, arrodillada al lado de la piedra, ella rezaba muy concentrada, pero de pronto, empezó a tocar la piedra y a pasar su mano rápidamente sobre ella, al lado suyo tenía una pequeña mochila, de ella sacó una bolsa que también frotó con la piedra, en la bolsa vi que habían rosarios o crucifijos, de pronto, la señora sacó su celular, un pequeño smartphone muy sencillo que también frotó en la piedra de la unción. Pude imaginar que trataba de bendecir cada uno de los objetos que llevaba consigo, para que se impregnaran de la gracia o santidad de la reliquia, incluido, claro, su celular. Fue una imagen curiosa pero comprensible, yo he mandado a bendecir pequeñas imágenes, cruces o rosarios antes de regalarlos a familiares y amigos. Un celular, al igual que estos objetos, pueden acompañarte todo el tiempo.
En la India pude ver algo similar. Sí, a casi 5 mil kilómetros de distancia, pude observar una escena muy parecida. Esta vez en la ciudad Santa de Varanasi. Había caminado algunas horas y disfruté imágenes increíbles, vacas caminando libres en plena calle, puestos de comida al lado de la pista desprendiendo olores intensos, miles de personas con vasijas en las manos llenas de agua del río y también siddharthas meditando a orillas del famoso río Ganges, a donde millones de personas acuden para purificar su karma y algunas para morir y luego ser cremadas y arrojadas ya en cenizas al río sagrado. Hacia donde fuera que mirara encontraba una escena impregnada de religiosidad. Fue precisamente mientras mis ojos se iban por todos lados que vi a un señor vestido con jean y camisa y llevando una pequeña mochila consigo. Se sacó los zapatos, remangó la basta de su pantalón y bajó las escalinatas que dan al río, mojó sus pies hasta la rodilla y se puso a orar, levantando las manos, tocando el agua y rociando un poco sobre su cabeza, sin dejar de orar en ningún momento. Luego volteó hacia donde estaba su mochila, roció un poco de agua sobre ella, para luego sacar un smartphone pequeño y también roció un poco de agua sobre él.

Río Ganges, Varanasi – India.
Dos personas que no se conocen y probablemente nunca lo hagan, que creen en dioses distintos, que viven alejadas por mares, desiertos, montañas y culturas, tomaron la misma decisión y buscaron lo mismo: que la divinidad vaya conmigo incluso en mi celular. Ambos me dieron una bonita lección. Como seres humanos, son muchos más los lazos que nos unen, que las barreras inventadas para separarnos. Lo que podía ser una bonita frase publicitaria o frase escuchada en el aire o alguna canción, se tangibilizó en estas dos ciudades, lo presencié, estuve en el centro de muchas culturas y pude encontrar tantas similitudes que me sorprendieron. Hemos construido muros imaginarios, hemos construido tantos templos, monumentos y delimitado fronteras para poder sentirnos seguros, para diferenciarnos, para estar por encima del otro o protegido del otro, pero no hemos podido evitar que la cultura se mezcle, que compartamos ideas, que conectemos emocionalmente, que nos escuchemos y que nos dejemos influir por alguien lejos, nos enseñan desde que nacemos a que somos distintos, que somos una unidad social llamada país, y que tenemos un Dios al que rendir fidelidad eterna. Cuando en la realidad nos mueven muchas emociones en común y buscamos ir hacia el mismo punto, caminando por vías que muchas veces se cruzan. Desde este viaje me di cuenta de que no somos ciudadanos de una nación bajo una bandera de colores, sino que somos personas que compartimos el planeta, punto, igual de valiosas, igual de memorables e igual de maravillosas. Nunca supe el nombre de estas dos personas, pero les debo mucho. Como las disculpas que te debía, pero solo tengo estas historias que contarte a cambio. Espero haya sido suficiente el resumen de lo que significó la experiencia más grande de mi vida hasta este momento.
Viaja, querida Ana, conocer nuevos lugares tiene muchos beneficios, no solo haces más grande tu mundo, sino que descubres cosas de ti que no tenías tan presentes y acumulas nuevas experiencias que te cambian como persona, y eso es lo más importante que puedes hacer con el dinero.
Hasta muy pronto, Christopher.
Pd. Por si no fue suficiente, te dejo un video resumen del viaje.