
Querida Ana, hoy te contaré una historia real, algo que me pasó no hace mucho, espero te guste.
Llego a la recepción de una oficina y hay dos mujeres de 30 años aproximadamente, ellas estaban sentadas esperando quizá alguna otra reunión. Las saludo y me siento en un sofá cercano, no conocía a ninguna. Yo vestía un polo marrón, short y un morral, considero que es pertinente dejar establecido esto, luego entenderás por qué.
Las dos mujeres conversaban muy entretenidas y sonrientes, pero de pronto una de ellas titubea al hablar, al parecer iba a cambiar de tema, me observa y baja la voz, evidentemente para que yo no escuche. Todo bien hasta ahí, yo esperaba para entrar a mi reunión y no tenía intención de oír conversaciones ajenas.
De pronto la mujer que hablaba me vuelve a observar y asumo que el tema de conversación iba a adquirir un carácter más privado, porque en un arranque de sagacidad intelectual decide hablar en inglés. Y ambas mujeres, que habían estado hablando en español todo este tiempo, de pronto empiezan a utilizar el inglés como medida de seguridad, porque claro, mi vestimenta, rostro o algo de mi aspecto les hacía creer que esa era una estrategia de seguridad pertinente, que el idioma iba a ser esa barrera, muro, escudo o tranquera (como las que ponen en algunos distritos de Lima) que me iba a impedir acceder a su mundo. Tranquila Ana, esta historia no termina aquí.
Por dentro me sentía muy furioso, no por los prejuicios con los que me estaba encontrando, no me afectaban en lo más mínimo, sino porque entendí claramente todo lo que decían (ver Friends 40 millones de veces ha sido mi mejor escuela de inglés) y no me pareció interesante en lo absoluto lo que ambas mujeres balbuceaban. Detestaba haberme ilusionado con una historia un poco más reveladora. Esperaba oír alguna anécdota comprometedora, quizá alguna preocupación, problema, o predicamento de vida o muerte, pero no, solo se contaban cosas sin relevancia suficiente como para justificar su medida de seguridad. Pero no, la historia no termina aquí.
Luego de la conversación insulsa en inglés, en la cual de vez en cuando incluían la palabra en español “escúchame”, supongo que no es tan cool decir, «listen to me», me llaman para ingresar a la reunión por la que había ido a esa oficina. Subo unas escaleras, saludo a todos, mi vehemencia me empujaba a contar lo que me acababa de pasar pero me detengo un momento. Me dijeron que faltaban dos personas más para iniciar la reunión. Menos de un minuto después, las dos mujeres de la recepción entraron a mi reunión. Me ven y las saludo amablemente por segunda vez.
Terminó la reunión y me despido de ellas sin jamás perder la urbanidad y buenos modales. Horas más tarde, por otros motivos, me reuní con una chica francesa con la que hablé en inglés durante un buen rato, pero no podía dejar de pensar por dentro…ojalá pudieran verme ahora esas dos mujeres, estarían tan orgullosas de mí.
Querida Ana, hoy te tengo otro cuento corto, creo que ya me están gustando. Ahí va.