
Querida Ana, hoy te quiero contar, a mi estilo, una historia que he vivido una que otra vez. Está bien, muchas veces. Ahí va.
El alcohol inhibe el sistema nervioso central, pero desinhibe la voluntad. Aletarga los movimientos del cuerpo, pero acelera las malas decisiones, si es que en verdad existen, quizá toda decisión siempre te deja algo bueno.
Nada es más rápido que el movimiento de los dedos cuando tomas la decisión de escribirle a esa persona que sin alcohol no te atreverías a molestar. Tu cerebro reacciona más lento a los impulsos con tragos encima, pero no hay impulso más fuerte que el alcohol para decirlo todo, sin escatimar en letras, palabras, comas, mayúsculas y signos de interrogación.
Desbloqueas el celular sin ponerte a pensar…si de verdad eres un celular inteligente, deberías advertirme de las consecuencias de lo que estoy a punto de hacer, tonto, tonto celular, me has costado medio sueldo y no tienes una aplicación para bloquear mis ímpetus. Estúpido celular, tienes mil utilidades pero no te han programado con la que más necesito en este momento.
Abres la app de mensajería. Buscas entre tus contactos, como si no supieras exactamente dónde está su nombre, con qué letra empieza, quizá tratando de convencerte de que aún la dignidad no está perdida, y es verdad, no lo está, no hay error ni perjuicio en abrir una agenda de contactos, como quien revisa cuántos amigos tiene, como quien se enorgullece de conocer a tanta gente. Pero luego encuentras su nombre y le das muerte a tu orgullo de la peor manera posible. “Hola”. Listo, te extrañaré dignidad.
Maldito sistema nervioso central, estúpida cebada malteada, lúpulos inicuos, espuma demoniaca, brebaje infernal. No, no puedo enojarme contigo querida cerveza, has sido el centro de muchas alegrías, de muchas historias, de muchas publicaciones y fotografías que no se deben olvidar. El culpable no es el alcohol. El culpable es la voluntad, o la falta de ella.
Una pantalla de vidrio te ilumina el rostro expectante, ya dijiste hola, no hay vuelta atrás, no quieres hacerlo tampoco, no piensas…demonios qué he hecho, al menos no en ese momento, piensas…demonios, cómo se demora en responder. Y quizá no se demora, quizá la respuesta llega al instante, o a la velocidad que nos permite el 4G, pero en ese estado un segundo se hace una vida, en ese segundo piensas todas las posibles respuestas. Ninguna te prepara para la que llega finalmente.
“¿Hola?”…Sí, entre signos de interrogación, porque no comprende completamente qué endemoniado motivo debes tener para escribirle a horas nada caballerescas, porque, y sin temor de ofender a los liberales, aún hay horas adecuadas e inadecuadas para escribirle/llamarle a alguien. Y ella lo sabe, porque es una chica decente, porque de no serlo no le estarías escribiendo.
Maldito sistema nervioso central aletargado, responde pues, rápido, te está preguntando ¿hola? Y su pregunta es clarísima te ha dicho todo con una sola palabra y ahora tienes a tu público expectante, se han invertido los papeles y ahora alguien al otro lado exige una respuesta con todo el derecho que la madrugada le ha dado.
“¿Cómo estás?”. Estúpido. Mil veces estúpido. ¿De qué te sirvió tanto libro leído? 5 años y medios estudiando en la Pontificia Universidad Católica del Perú desaparecieron sin más ni más. Se te fue al caño tu chamullo conquistador, estás indefenso con las pocas palabras que pasean frente a ti sin poder darles un orden coherente, maldito sistema nervioso central, maldita borrachera.
“Estoy bien, es tarde, ¿tú estás bien?”. Ahora todo ha valido la pena. Pudo reclamarte hasta el tuétano tu falta de delicadeza, tus pocos modales, tu casi agresión, pero se preocupa por saber si estás en buenas condiciones. Ya no hay marcha atrás, si antes estabas lleno de valor/alcohol (vamos, a veces es lo mismo), ahora nada te detiene, díselo, díselo, una voz que parece salir de la botella que acabas de saciar te da ánimos, te hace barras, te motiva como si estuvieras en una competencia atlética, corre, corre, estás cerca de la meta.
“Sí, estoy bien, sorry por la hora, solo quería decirte que extraño hablar contigo”. Listo, me largo de aquí. ¡Taxi! Rápido, lléveme al fin del mundo, o lo más lejos posible de este ebrio descriteriado, me revienta el hígado este borracho desbocado. Uy qué romántico, con esas palabras cualquiera es feliz de que la despierten de madrugada, lo hiciste bien beodo insulso, seguro lo que viene es un yo también te extraño. Derramé todo mi sarcasmo, animal. Encima usas sorry, porque claro, en inglés suenas más relajado, como quien no está repleto de vergüenza hasta las cejas, cuando has debido despedirte con los veintisiete gramos de dignidad que te quedaban, eliges decirle que la extrañas, como quien le deposita sobre la palma de la mano todo, sí, toma aquí me tienes, guárdame en un frasco no me vaya a pudrir, ponme en la alacena, debajo del caño, úsame como tope de tu puerta, para que no se azote con el viento, haz de mí lo que te venga en santa gana.
“¿Has tomado” Hasta el agua de los floreros. “Un poco” Maldito mentiroso, Dios te está viendo animal “¿Dónde estás” En el lugar incorrecto, ¿a dónde quieras que me vaya?, no me pido un taxi, me pido un avión. “En el bar de siempre, deberías venir” Ahora sí te excediste, la conchudez se rasga las vestiduras contigo “Ya ¿me esperas unos 20 minutos?” Ahora sí no entiendo nada. “Sí, dale, me pido una chela más y hago hora, te espero” Ok ¿qué está pasando? ¿Ya hemos caído en el sueño ebrio verdad? Me preocupa esto, quizá estamos tirados en alguna banca municipal mientras los gatos nos usan de calefacción nocturna. Todo esto debe ser falso, despierta animal, antes de que te despierte serenazgo. “Ya, ahí voy, nos vemos” “Ok”.
Bueno, bueno, deja de sonreír y pídete una chela más. Yo invito.
