Adiós Cinthia

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En medio de una carretera a oscuras, el buen samaritano conduce sin otra preocupación que la de llegar a casa y ver a su familia, hasta que unas luces intermitentes que se hacen cada vez más grandes distraen su atención. Un auto detenido con el capó abierto y un hombre al lado suyo con rostro de preocupación son suficientes motivos para detenerse, piensa el buen samaritano.

Algunos problemas no tienen solución, otros sí, como por ejemplo arreglar este auto, le dice al hombre en apuros, quien responde con una sonrisa nerviosa. Uno, dos, el auto enciende al tercer intento y el hombre en apuros no puede más con su felicidad. Acerca su mano a su bolsillo y antes de que pudiera sacar la billetera el buen samaritano lo detiene con un amable pero irrefutable “es deber de todo buen cristiano ayudar al prójimo”.

El hombre en apuros ve alejarse el auto del buen samaritano y se despide con el brazo. Satisfecho con su suerte, sube a su auto y sigue su camino. Unos minutos después el hombre en apuros sale de la carretera por una trocha, se estaciona y encuentra el lugar perfecto para enterrar el cuerpo de la chica que lleva en la maletera.