
Querida Ana,
La primera vez que entré a un velódromo no entendí muy bien lo que estaba viendo. Tenía 16 años y frente a mí había una estructura de cemento en forma ovalada con inclinaciones y curvas concéntricas, la pista tenía una línea negra muy cerca al borde interior y a unos 50 centímetros había otra línea azul descolorida. En el medio había un gran espacio lleno de piedras, maleza, incluso algo de basura, mucho polvo y de protección había una baranda oxidada. A un lado de la meta se levantaba una pequeña tribuna de cemento de unas 5 o 6 gradas donde nadie se sentaba a observar, el espacio tenía un aspecto fantasmal, olvidado, escondido, aquel día nada de lo que vi me podría haber sugerido que ese se convertiría en uno de mis lugares favoritos de mi adolescencia y uno de los más importantes de mi vida.
A los 16 años entré a un mundo que me enseñó disciplina, el valor del esfuerzo, la dedicación, el sacrificio y lo bello que significa alcanzar la meta que te has propuesto. Entrenaba ciclismo en el velódromo los martes, jueves luego del colegio y los sábados en la mañana. Los miércoles, viernes y domingos íbamos a la carretera a recorrer la mayor cantidad de distancia posible, siempre bajo la mirada y los gritos de mi ex entrenador, ahora amigo, Víctor Elías Morón, “El toro”.
El ciclismo se volvió una parte importante de mi rutina y no solo lo practicaba, sino también me volví algo fanático, buscaba información por todos lados de competencias, torneos internacionales, deportistas, fotografías y vídeos en un mundo previo a las redes sociales, los hashtags y las transmisiones en vivo por Facebook. Grababa en VHS (todavía los tengo guardados) la transmisión del Tour de Francia por ESPN. Y en la transmisión de las olimpiadas de Atenas 2004 estuve atento a las competencias de ciclismo de velódromo. A esa edad no escatimas en soñar y me ilusioné con la idea de ir a competir alguna vez en una olimpiada y colocarme los colores de mi país frente a todos los demás deportistas y fanáticos del mundo. Llegó un momento de mi vida en que tuve que tomar una decisión y el sueño murió en el camino.
15 años después de aquella primera vez en el velódromo de la VIDENA estaba caminando por una rampa para ingresar al velódromo en las olimpiadas de Río 2016, no como deportista, como lo había soñado, sino como espectador. Nada de lo que había visto en televisión o internet durante tantos años me preparó para lo que vería y sentiría aquella tarde de agosto.
Estaba frente a una estructura hermosa de madera ovalada con línea concéntricas negra, azul y roja, además del logo respectivo de Río 2016 y los 5 anillos olímpicos que representan los 5 continentes, unidos bajo un mismo corazón deportivo. En el centro se encontraban los espacios de preparación y calentamiento de los deportistas. Siempre he pensado que un deportista olímpico es una especie de héroe, de súper hombre y frente a mí habían decenas de ellos sobre sus bicicletas de fibra de carbono, el mismo material con el que se hacen las transbordadores espaciales. Algunos estaban dando vueltas alrededor de la pista, otros en unos rodillos de entrenamiento, algunos con audífonos, todos concentrados y preparados para la faena que se venía encima. Hombres y mujeres de todo el mundo que se habían ganado el derecho de representar a su país frente a todo el planeta. Sentí que era un mortal al que se le había permitido una breve entrada al olimpo, para observar a los dioses.
Una vez que empezaron las competencias todo pasó muy rápido. Las finales de velocidad donde se alcanzan los 60 km/h, los movimientos temerarios, la inteligencia para atacar en el momento adecuado, la destreza para mantener el equilibrio mientras giran la cabeza para ver a sus rivales, el peligro latente en la competencia por puntos, la eliminación, la persecución todo acompañado del grito de cientos de personas de todo el mundo, fanáticos como yo, ¡Allez, allez! ¡Andiamo! ¡Go, go! ¡Vamos, vamos! Todos hablábamos ciclismo y nuestro corazón era el mismo.
Video: Prueba de eliminación (llamada australiana). Cada dos vueltas hay un sprint el último en llegar es eliminado, así hasta que solo hay un ganador.
Algo maravilloso pasó en Río 2016 y pude ser parte de ello. En las tribunas de los escenarios deportivos los espectadores alzan sus banderas, se pintan la cara con los colores de su país, gritan y alientan a sus deportistas. Pero sin importar el color del uniforme, el estadio entero grita y apoya a todos, se celebra el esfuerzo entregado, todos son conscientes de lo complicado y sacrificado que es llegar hasta ahí, todos adoran las historias de éxito y estábamos en presencia de muchas de ellas, así que alemanes alentaban ingleses, iraquíes aplaudían a brasileros, rusos, croatas, mexicanos, colombianos, en las gradas no habían pasaportes, muros, ríos, fronteras que separaban a las personas, todo lo contrario, una olimpiada es ese maravilloso y único momento donde rival es sinónimo de amigo.
Luego llegó el momento más especial. La ceremonia de entrega de medallas. 3 deportistas en fila caminaron hacia el podio donde los esperaban autoridades deportivas, uno a uno les colocaron las medallas, primero el bronce, luego la plata y finalmente el oro. El aplauso de la gente no para pero los gritos se hicieron más fuertes cuando el primer lugar recibió su merecido metal. Y luego, de golpe, el velódromo entero se unió en un respetuoso silencio. El himno de Inglaterra dominaba el lugar, todos los espectadores sin importar el país se pararon de sus asientos para escuchar la melodía, y ahí mi corazón se movió de su sitio un poco, creo que no regresará a su lugar nunca. Solo el deportista sabe el camino recorrido hasta ese podio, no empezó ese día, empezó hace años y significó no solo entrenamiento, técnica y constancia. Significó sacrificio, llanto, caídas, dolor, determinación, valentía y todas las hermosas emociones que el deporte te hace vivir. Pero el rostro con el que canta su himno te dice que todo valió la pena. Luego del silencio nuevamente los aplausos y gritos estremecieron las estructuras del velódromo olímpico (techado) de Río de Janeiro.
No pude cumplir el sueño de competir en una olimpiada, pero lo reemplacé por el de ser parte de una. El ciclismo nuevamente me hizo sentir esa hermosa emoción que significa alcanzar una meta propuesta. Con los años aprendes que el tamaño de los sueños no tiene nada que ver con la edad y que nunca deberías de escatimar al plantearte uno.
Mi camino hacia Río 2016 empezó 15 años antes, aquel día en el velódromo de la VIDENA, fue difícil, sacrifiqué algunas cosas, pero poco a poco los puntos en mi vida se unieron y podré decir hasta el final de mis días que una vez estuve en el Olimpo.